Cuba atraviesa un momento de reconfiguración silenciosa, marcado menos por eventos disruptivos que por una acumulación constante de tensiones internas y externas. La narrativa internacional sobre una caída inminente convive con una realidad más compleja, en la que el sistema político cubano sigue operando, aunque con márgenes cada vez más estrechos. La economía no colapsa de forma abrupta, pero se contrae de manera persistente, afectando la vida cotidiana y debilitando las bases materiales del consenso social.
En este contexto, el vínculo histórico con Venezuela deja de ser un pilar estable para convertirse en un factor de incertidumbre adicional. La reducción del flujo energético y financiero expone a La Habana a un escenario que no logra compensar plenamente con alianzas alternativas. La presión externa, combinada con limitaciones estructurales internas, obliga al gobierno cubano a priorizar la supervivencia del sistema antes que cualquier proyecto de transformación profunda.
El primer escenario posible es el de una continuidad administrada, en la que el gobierno cubano mantiene el control político a costa de aceptar un deterioro económico prolongado. Este modelo se sostiene mediante ajustes parciales, apertura limitada al capital externo y una gestión estricta del descontento social. No implica estabilidad, sino resistencia, con un Estado que conserva el poder formal mientras pierde capacidad real de ofrecer bienestar.
Este camino evita el colapso abrupto, pero consolida una sociedad más desigual y dependiente de remesas, economías informales y migración constante. La dirigencia cubana parece apostar a que el tiempo y la fragmentación regional jueguen a su favor, aun cuando el costo social de esta estrategia siga aumentando y reduzca la legitimidad del proyecto revolucionario en el largo plazo.
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El segundo escenario es el de un desgaste acumulativo con impacto regional. Una Cuba debilitada pero funcional genera flujos migratorios sostenidos, presión diplomática sobre países vecinos y mayor involucramiento de actores externos interesados en evitar una crisis descontrolada. Este escenario no produce titulares espectaculares, pero sí redefine el equilibrio político del Caribe y Centroamérica.
"La Revolución Bolivariana y Chavista y la Revolución Cubana en sus destinos y en su lucha común serán ejemplos para la liberación de los pueblos de nuestra América."
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En este marco, la pregunta central ya no es si Cuba caerá, sino cómo se transformará bajo una presión constante y sin un socio estratégico fuerte que amortigüe el impacto. La relación con Venezuela, lejos de ofrecer una salida, refuerza la lógica de supervivencia compartida entre dos sistemas en retroceso. El resultado probable es un estancamiento prolongado que, sin estallar, modifica de manera irreversible la posición de Cuba en la región.