La reciente visita de José Antonio Kast a Perú marcó algo más que una gira protocolar. Fue una señal política clara de hacia dónde apunta su futura política exterior: orden, control y cooperación regional frente a problemas que los gobiernos han tendido a administrar sin resolver. En un contexto de crisis migratoria y expansión del crimen organizado, Kast busca instalar una agenda dura, pero pragmática, que interpela a una región cansada de diagnósticos sin acción.
En materia migratoria, el presidente electo chileno planteó la necesidad de acuerdos bilaterales y regionales para gestionar los flujos irregulares sin renunciar a criterios humanitarios. Su frase -“nadie quiere pasar sobre la dignidad de las personas”- apunta a disputar un terreno incómodo: el de combinar control estatal efectivo con respeto a los derechos básicos. Frente a políticas erráticas y discursos contradictorios, Kast propone reglas claras y coordinación entre Estados.
La agenda no se limita a la frontera. Kast también puso el foco en la minería ilegal en Perú, a la que calificó como crimen organizado con impacto continental. El señalamiento no es retórico. Las redes que operan en la minería ilegal están vinculadas a tráfico de armas, lavado de dinero y destrucción ambiental, y exceden largamente la capacidad de respuesta de un solo país. Al colocar el tema en clave regional, Kast introduce una lectura estratégica que otros líderes han evitado por cálculo político.
Este enfoque refuerza una idea central de su proyecto: la seguridad ya no puede tratarse como un problema interno aislado. Para Kast, el debilitamiento del Estado y la tolerancia a la ilegalidad terminan erosionando la democracia y la cohesión social. La cooperación con Perú aparece así como un primer paso para construir una red más amplia de coordinación sudamericana contra delitos transnacionales.

Más allá de las medidas concretas, la gira cumple una función simbólica. Kast se posiciona como un líder dispuesto a asumir costos políticos al hablar de control, expulsiones y crimen organizado en una región donde esos términos suelen esquivarse. Su discurso no busca agradar a todos, sino ordenar prioridades y recuperar la idea de autoridad estatal como condición para la convivencia democrática.

El desafío será traducir esta narrativa en políticas efectivas una vez que asuma la presidencia. Sin embargo, el mensaje ya está instalado: Chile pretende jugar un rol activo en la redefinición de la agenda regional de seguridad y migración. En un escenario marcado por la incertidumbre, Kast apuesta a una fórmula directa: menos ambigüedad, más decisiones.