Desde fines de 2025, Irán atraviesa una de las crisis internas más profundas desde la consolidación de la República Islámica. Protestas masivas, deterioro económico y una represión creciente exponen el agotamiento de un sistema político que ya no logra sostenerse sin recurrir a la fuerza. En el centro de ese entramado se encuentra el ayatolá Ali Khamenei, líder supremo desde 1989 y figura clave de la deriva autoritaria del régimen.
Lo que comenzó como un reclamo económico rápidamente se transformó en un cuestionamiento político directo. Las movilizaciones se extendieron por las principales ciudades del país y derivaron en enfrentamientos con las fuerzas de seguridad. La respuesta estatal incluyó cortes generalizados de Internet, detenciones masivas y el uso de fuerza letal, una estrategia que lejos de contener el descontento profundizó la ruptura entre el poder clerical y la sociedad.
Khamenei encarna un modelo de poder concentrado sin controles efectivos. Como líder supremo, domina las fuerzas armadas, el sistema judicial, los servicios de inteligencia y los principales órganos de supervisión política. Esta arquitectura institucional elimina cualquier mecanismo real de rendición de cuentas y reduce al presidente y al Parlamento a roles secundarios.
Bajo su liderazgo, la represión de la disidencia se convirtió en una práctica estructural. Periodistas, activistas y opositores enfrentan censura, persecución judicial y encarcelamiento. El discurso oficial, que atribuye las protestas a conspiraciones extranjeras, evita reconocer la raíz interna del conflicto: un sistema que restringe libertades y frustra expectativas sociales.
Sepan todos que la República Islámica de Irán, que llegó al poder por la sangre de varios cientos de miles de personas, no cederá ante unas personas que son vándalos.
— Ayatolá Jameneí (@es_Khamenei) January 9, 2026
Tú sé lo que quieras, pero si te haces esbirro del extranjero, el pueblo de Irán te rechaza.
El desgaste del régimen no es solo político, sino también simbólico. Por primera vez en años, consignas contra el líder supremo se escuchan de forma abierta en las calles, un indicador claro de pérdida de temor y de legitimidad. La respuesta del poder, basada exclusivamente en la coerción, refuerza la percepción de un liderazgo desconectado de la realidad social.
A nivel regional, la política exterior impulsada por Khamenei agravó el aislamiento de Irán. El apoyo a actores armados en conflictos externos contrastó con el abandono de prioridades internas, alimentando la idea de un Estado más preocupado por su proyección ideológica que por el bienestar de su población.
Nuestros enemigos no conocen Irán.
— Ayatolá Jameneí (@es_Khamenei) January 9, 2026
Los estadounidenses fracasaron en el pasado por errores de planificación, y por errores de planificación fracasarán también hoy.
La crisis actual plantea un escenario inédito. Un régimen que depende de la represión permanente enfrenta una sociedad cada vez menos dispuesta a aceptar ese costo. El liderazgo de Khamenei, sostenido durante décadas por el control y el miedo, aparece hoy como uno de los principales obstáculos para una salida política. La continuidad del sistema ya no garantiza estabilidad: solo prolonga un conflicto que parece acercarse a su punto de ruptura.