El debate sobre la liberación de presos políticos volvió al centro de la escena venezolana tras las declaraciones de Alfredo Ramos, dirigente de La Causa R y exalcalde de Iribarren. Para Ramos, los gestos parciales del poder no alcanzan: sin una excarcelación total y verificable, cualquier intento de transición corre el riesgo de quedar reducido a una maniobra táctica sin impacto real.
Ramos, quien fue detenido durante el chavismo, sostiene que la liberación selectiva de algunos presos no puede presentarse como un avance democrático. Desde su perspectiva, mientras cientos de opositores, activistas y ciudadanos sigan privados de libertad por razones políticas, el sistema represivo continúa intacto y la crisis institucional no se resuelve.
El dirigente opositor plantea una relación directa entre derechos humanos y gobernabilidad. Según su análisis, una transición rápida y ordenada solo es posible si el Estado abandona el uso de la prisión como herramienta de control político. La excarcelación plena de los detenidos políticos sería, en ese sentido, una señal inequívoca de ruptura con las prácticas autoritarias del pasado.
Organizaciones de derechos humanos coinciden en que las excarcelaciones parciales, sin reformas estructurales, suelen derivar en lo que denominan una lógica de “puerta giratoria”, donde las liberaciones conviven con nuevas detenciones arbitrarias. Ramos advierte que este patrón ya fue aplicado en el pasado y que repetirlo solo profundizaría la desconfianza social.
🚨 | El dirigente opositor venezolano Alfredo Ramos es el primero en salir de la clandestinidad —en la que estuvo un año– tras la caía de Nicolás Maduro.
— Orlando Avendaño (@OrlvndoA) January 9, 2026
Ramos, perseguido por el régimen de Maduro, decidió dar el paso. Quizá le sigan otros.
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Más allá del plano institucional, el reclamo apunta a una dimensión moral. Para Ramos, la libertad de los presos políticos no es una concesión negociable, sino una obligación básica del Estado. Sin ese paso, cualquier discurso sobre reconciliación o normalización carece de credibilidad ante una sociedad marcada por años de persecución y exilio forzado.

En un contexto de expectativa internacional y presión externa, la posición de Ramos resume una demanda extendida dentro de la oposición venezolana: los gestos simbólicos ya no alcanzan. La liberación total de los presos políticos aparece como la prueba mínima para evaluar si el país avanza hacia una transición real o si continúa atrapado en una dinámica de control y simulación.