La política colombiana atraviesa una etapa en la que la confrontación ha dejado de ser programática para convertirse en un pulso identitario promovido desde el poder. En ese escenario, el discurso del presidente Gustavo Petro no se limita a responder a la oposición, sino que construye una narrativa donde Colombia aparece como un país estructuralmente fallido, incapaz de sostener consensos mínimos o credibilidad institucional sin una ruptura profunda. Esta forma de intervención pública no fortalece el debate democrático: lo degrada, al desplazar el eje desde las políticas hacia una descalificación general del Estado.
El problema no reside en la crítica severa ni en la revisión del pasado, herramientas legítimas de cualquier liderazgo. La fractura aparece cuando el propio jefe de Estado normaliza la idea de que el fracaso nacional es funcional a su proyecto político, porque le permite presentarse como el único agente de cambio posible. En ese punto, la disputa deja de ser política y pasa a ser simbólica: se erosiona la noción misma de país como espacio común, con consecuencias que exceden cualquier coyuntura electoral.
Esta dinámica se expresa con especial fuerza en el plano internacional. Las declaraciones del presidente, amplificadas en foros externos, entrevistas y discursos ideológicos, proyectan una imagen de Colombia como un Estado permanentemente al borde del colapso. Bajo ese esquema, cada crisis es presentada como herencia terminal, y toda complejidad institucional es reducida a un argumento binario que refuerza la narrativa del desastre y justifica una confrontación permanente.
El efecto es acumulativo. Al insistir en que nada funciona y que todo está roto, el propio gobierno termina debilitando los instrumentos que dice querer transformar. Instituciones, acuerdos y políticas públicas pierden legitimidad no solo por sus fallas reales, sino por el marco discursivo oficial que las presenta como intrínsecamente corruptas o inviables. El resultado es un espacio público empobrecido, donde la deliberación cede ante la sospecha sistemática.
Este es el comparativo de los principales datos sociales entre el gobierno anterior y el actual, para que uso pueda evaluar con tranquilidad pic.twitter.com/ksi6lEvF5R
— Gustavo Petro (@petrogustavo) January 9, 2026
En el cierre, el artículo advierte que ninguna democracia resiste si su conducción apuesta al deterioro permanente del país como método de gobierno. Un liderazgo que se alimenta del conflicto constante queda atrapado en su propio relato, incapaz de reconocer avances, corregir errores o construir consensos mínimos. El fracaso deja de ser un riesgo a evitar y pasa a ser una condición funcional.
🔴 INFO - #Colombie : « Les barons de la drogue vivent à Dubaï et à Miami, où aucun policier ne les atteint, et les narcodollars circulent librement dans le système bancaire mondial. » a déclaré Gustavo Petro le président colombien. pic.twitter.com/KKPRocepU8
— FranceNews24 (@FranceNews24) January 7, 2026
La advertencia final es clara: criticar a la oposición no habilita a deslegitimar al país. Colombia no sale fortalecida cuando el antagonismo se impone como forma de gobierno. En un contexto regional e internacional incierto, defender la nación no implica negar los problemas, sino ejercer el poder sin socavar el marco común que hace posible cualquier disputa política legítima.