12/01/2026 - Edición Nº1070

Internacionales

Transición

Trump, Delcy Rodríguez y la salida de Maduro: lo que falta contar de Venezuela

11/01/2026 | El fin del liderazgo de Maduro abre una etapa incierta, marcada por alivio social, control político y una transición sin reglas claras.



La caída de Nicolás Maduro no produjo una explosión social ni una celebración abierta en las calles. En su lugar, lo que se percibe es una sensación ambigua de alivio contenido, como si el país hubiera aprendido a administrar sus emociones tras años de frustración acumulada. La población asimila el cambio con cautela, consciente de que los gestos simbólicos no garantizan una transformación real del sistema político ni de las condiciones materiales de vida.

En los barrios populares y en los centros urbanos, la rutina continúa con una normalidad frágil. Comercios abiertos, transporte funcionando y oficinas en actividad conviven con una atmósfera de vigilancia permanente. La ausencia de protestas masivas no responde a la satisfacción social, sino a la internalización del riesgo: celebrar demasiado pronto puede ser interpretado como una provocación en un contexto donde el poder aún no termina de definirse.

Venezuela 


Venezuela es un país en la costa norte de América del Sur con diversas atracciones naturales.

Una transición administrada

El nuevo escenario político no surge de un pacto nacional ni de una negociación entre fuerzas enfrentadas, sino de una reconfiguración vertical del poder. La asunción de Delcy Rodríguez se apoya en mecanismos de excepción que buscan garantizar gobernabilidad inmediata, pero que al mismo tiempo limitan el debate público y restringen libertades clave. La transición avanza, pero lo hace sin un marco institucional consensuado.

Esta lógica de administración del cambio reproduce elementos centrales del modelo anterior. Los dispositivos de control territorial, la presión sobre el discurso público y la ausencia de garantías plenas indican que el sistema no se ha desmantelado, sino reordenado. La promesa de estabilidad se sostiene más en la disciplina social que en la legitimidad democrática, una ecuación que puede funcionar a corto plazo, pero que acumula tensiones latentes.

El futuro como incógnita

El principal desafío no es solo político, sino temporal. La falta de un cronograma claro para la normalización institucional alimenta la desconfianza y posterga la reconstrucción de expectativas sociales. Sin señales concretas de apertura, elecciones verificables y restitución de derechos, el proceso corre el riesgo de transformarse en una transición permanente, sin destino definido.

La sociedad venezolana observa, espera y calcula. La alegría existe porque un ciclo terminó, pero el miedo persiste porque el siguiente aún no comienza del todo. Entre el recuerdo del autoritarismo y la incertidumbre del presente, el país se mueve en una zona gris donde el cambio es real, pero insuficiente. El desenlace dependerá de si el poder decide, finalmente, soltar los mecanismos de control que aún lo sostienen.