Durante treinta años, el chavismo construyó un sistema que fue mucho más allá de la ocupación del poder. No se trató solo de un proyecto ideológico, sino de una reingeniería profunda del Estado, orientada a sustituir reglas por lealtades y procedimientos por control político. Ese entramado explica por qué cualquier expectativa de reversión rápida choca con una realidad institucional frágil y deliberadamente erosionada.
La discusión sobre la transición suele concentrarse en nombres, fechas y elecciones, pero omite el punto central: el Estado que quedó. La administración pública perdió capacidades técnicas, autonomía y previsibilidad jurídica, mientras la economía se adaptó a sobrevivir en un entorno de controles, subsidios y discrecionalidad. Desarmar ese esquema implica costos inmediatos que ningún gobierno puede evitar sin agravar el deterioro.
Uno de los pilares del chavismo fue la captura integral de las instituciones. Tribunales, organismos de control y empresas públicas fueron diseñados para bloquear cambios más que para facilitar políticas. Esto genera un escenario en el que cada reforma activa resistencias internas, retrasos administrativos y conflictos de competencia que ralentizan cualquier intento de reconstrucción estatal.
A ese entramado se suma el rol de las Fuerzas Armadas, convertidas en actor económico y político. Su participación en sectores estratégicos consolidó incentivos que no desaparecen con un cambio de gobierno. Cualquier transición que ignore este factor corre el riesgo de enfrentar parálisis institucional o sabotajes silenciosos que minan la gobernabilidad.
Nicolas Maduro on board the USS Iwo Jima. pic.twitter.com/omF2UpDJhA
— The White House (@WhiteHouse) January 3, 2026
La experiencia comparada muestra que las transiciones exitosas requieren tiempo, pactos amplios y secuencias graduales. Pretender una corrección inmediata de décadas de distorsiones económicas y sociales suele derivar en frustración social y desgaste político. La sociedad venezolana fue moldeada por la dependencia del Estado y la mediación partidaria, un rasgo que no se revierte sin ofrecer estabilidad material mínima.
Nicolás Maduro aprendió por las malas que uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que habla. pic.twitter.com/0Al6FtNNTN
— Carnaval Tercermundista (@CTercermundista) January 3, 2026
El principal desafío, entonces, no es solo desplazar a un liderazgo, sino reconstruir confianza en reglas, instituciones y expectativas de futuro. Sin esa base, cualquier intento de reforma profunda queda expuesto a retrocesos. La lección es incómoda pero clara: la historia pesa, y negar su peso suele ser el error más costoso.