La caída de la natalidad dejó de ser una simple estadística demográfica para convertirse en uno de los desafíos más complejos de la agenda global. Las cifras son contundentes: mientras que en 1970 el promedio era de 4,8 hijos por mujer, para 2024 esa cifra se desplomó a 2,2. Argentina no es la excepción a esta tendencia; en apenas diez años, el país registró una reducción drástica, pasando de 770.000 nacimientos anuales a 460.902 en 2023.
Para el doctor Mario Sebastiani, reconocido obstetra y autor del libro La caída de la natalidad: lo bueno y lo malo, este fenómeno responde a una transformación cultural profunda. Según el especialista, "estas cifras no son solo números, sino el reflejo de una nueva percepción sobre la familia y el desarrollo personal".

En este sentido, Sebastiani sostiene que, en sintonía con lo que ocurre en todo Occidente, la llegada de un hijo es percibida hoy por muchas mujeres como una "pérdida significativa de libertad". En un contexto de inestabilidad económica, el médico explica que la crianza se observa como una inversión de tiempo y recursos cuyo "retorno" es incierto, lo que lleva a desplazar las prioridades personales.
A este cambio de mentalidad se suman condiciones estructurales que dificultan proyectar la vida familiar. El especialista afirma que la decisión de tener menos hijos, o directamente no tenerlos, es el resultado de combinar la búsqueda de autonomía con la falta de garantías en áreas clave como vivienda, salud y educación.
A contramano de las visiones más pesimistas, el análisis de Sebastiani —publicado por el sello editorial de la Universidad Hospital Italiano— plantea que "el descenso demográfico también puede ser una ventana de oportunidad".

Una menor presión poblacional podría permitir una mejor inversión educativa. Es decir, redirigir recursos para mejorar la calidad de la enseñanza y el acceso al arte para los niños actuales. Pero también, fortalecer el sistema de cuidados para la tercera y cuarta edad. Priorizar la calidad de vida por sobre la cantidad de habitantes.
Uno de los puntos centrales del análisis es el vínculo entre la baja natalidad y los avances en derechos reproductivos. Para el obstetra, el acceso universal a la anticoncepción y la posibilidad de planificar el momento de la maternidad son indicadores de madurez social. “Tener un hijo dejó de ser un mandato biológico para convertirse en un proyecto elegido”, destaca, subrayando que esta transición es un triunfo de la libertad individual.

No obstante, Sebastiani concluye que para que esta libertad sea real, el Estado debe garantizar políticas de largo plazo. El debate, asegura, no debe centrarse en la "urgencia coyuntural" de las cifras, sino en proteger la autonomía reproductiva y asegurar que quienes decidan maternar cuenten con el tiempo y el bienestar necesarios para llevar adelante ese proyecto.