11/01/2026 - Edición Nº1069

Opinión


Juventud y ficción

Desde The O.C. a Euphoria: antes del cinismo, lo que perdimos

11/01/2026 | Cómo The O.C. y Euphoria reflejan dos formas opuestas de pensar el dolor, la juventud y el futuro.



Una noche más que fracasaba en ese mar infinito de plataformas que prometen todo y casi nunca ofrecen lo que realmente estás buscando. Catálogos interminables de películas, algoritmos ansiosos, la sensación de que hay demasiado y, al mismo tiempo, nada. En ese deambular sin fe apareció una serie que recordaba vagamente como importante en los principios de los 2000, de esas que pasaban por Warner Channel de este lado del hemisferio, The O.C.

No tenía expectativas. Tampoco recuerdos precisos. Apenas el aura de su soundtrack inicial -esa canción que todavía hoy funciona como cápsula temporal- y las conversaciones lejanas de mis primas más grandes sobre la trama, los romances, los dramas. Decidí verla casi como un experimento. Sumergirme en una época que viví, pero que se esfumó. Verla hoy, con treinta años, no como nostalgia sino como arqueología. Vi varios capítulos al hilo y sentí la necesidad de escribir algo después de un bloqueo de algunas semanas.

El mundo en la década del 2000

The O.C. se estrenó en 2003 y fue un éxito inmediato. Ryan, Seth, Marissa, Summer. Amor adolescente, clases sociales, materialismo. Una fórmula conocida, sí, pero ejecutada con una frescura particular. La primera temporada incluso parece no confiar del todo en sí misma, conflictos que hoy estarían pensados para durar una temporada entera se resuelven en un solo episodio, como si la serie corriese con el miedo de ser cancelada antes de tiempo.

Lo primero que impacta es el mundo de por entonces. Música reproducida en CDs, dumbphones, cámaras digitales, tiempo muerto y ocio sin redes sociales. Secretos y obsesión por la privacidad como contestación al control parental o a cualquier avance del mundo adulto. Revistas para saber de qué hablar, consolas de sobremesa offline.

Incluso está filmada de una manera que hoy sería considerada poco ortodoxa. No hay sobreestimulación constante. No hay miedo al silencio. No hay un montaje ansioso ni tampoco perfecto porque es una serie relativamente barata sin grandes despliegues. Y eso, visto desde el presente, se siente casi artesanal por momentos. Otra velocidad.

La serie fue más corta de lo que la memoria colectiva recuerda. Solo cuatro temporadas, 92 episodios, emitidos entre 2003 y 2007. Para muchos, The O.C. termina simbólicamente en su tercera temporada con el final trágico de Marissa, interés amoroso de Ryan y centro vertebral emocional de la historia. La serie se despide en su cuarta temporada sin estridencias, dejando un sabor de algo inconcluso, pero lanzando las carreras de actores como Adam Brody, Rachel Bilson, Ben McKenzie, Autumn Reeser hasta Chris Pratt.

Para muchos, The O.C. fue la primera serie seguida semana a semana. Una forma de consumo que hoy escasea. El “on demand” fragmentó la experiencia ya que alguien puede ser fanático de una serie y estar recién en la primera temporada, mientras otro ya la terminó y un tercero estar a la mitad de la misma. Fue una de las primeras grandes series discutidas online, en una internet ya con banda ancha, de foros y fan pages mas no de redes sociales. Y eso también se nota en la ficción. No hay Instagram, no hay memes, no hay ironía permanente. Es una serie que intenta retratar a un grupo específico de adolescentes en una época específica, mientras esa época está ocurriendo. Antes del cinismo total. Antes de que todo fuera ironía.

The O.C. no es cínica, ni cruel, ni nihilista, al menos a los niveles que estamos acostumbrados hoy en día. Entiende que esos males existen, pero cree que hay que luchar contra ellos. Hacer lo correcto todavía tiene sentido. La redención no siempre se alcanza, pero es una búsqueda legítima que vale la pena. Tal vez haya sido una de las últimas series adolescentes que creyó que los adultos podían ayudar y que el dolor tenía salida.

The O.C. no se entiende sola. Dialoga y compite con otros dramas adolescentes de su época. Convive con Smallville, antecede a Gossip Girl, más cínica y materialista, y es inmediatamente anterior al surgimiento de Skins (2007), una serie inglesa, que retrata una clase media mucho más cruda y trash, que los dramas millonarios de los californianos. Mientras Skins se pregunta qué pasa cuando nadie te salva, The O.C. todavía cree en la familia como institución y ensaya otra pregunta: ¿Puede alguien de afuera ser salvado por una familia? Ahí aparece una de las claves de la serie: Sandy Cohen.

El padre ausente: Estado de Bienestar

Sandy Cohen no es solo un personaje entrañable. Es una figura paterna que combina ética con humor, autoridad con escucha. También es, como Ryan, un outsider. Llega al ecosistema frívolo de Newsport a través del matrimonio, no por linaje ni por dinero, y nunca reniega de sus orígenes. No pertenece del todo, pero tampoco se retira. Se queda. Escucha, se equivoca, duda, no es infalible, pero insiste en una idea que hoy parece casi anacrónica: hacer lo correcto importa.

Funciona como modelo -más para Ryan que para su propio hijo Seth- y encarna algo que hoy resulta difícil de imaginar sin ironía, un adulto creíble. Sandy no es nostalgia ni idealización retroactiva; es una estructura moral. Es, en muchos sentidos, el Estado de bienestar en versión humana. Una autoridad que no se impone solo por la fuerza, sino por legitimidad ética. Está ahí cuando hace falta, interviene sin humillar, pone límites sin cancelar, cree que las personas pueden cambiar si alguien sostiene la red el tiempo suficiente para que no caigan.

Esto no es casual. La serie se emite en un momento bisagra del capitalismo occidental. Es posterior al 11 de septiembre de 2001, cuando la promesa de seguridad ya se había resquebrajado, pero anterior a la crisis financiera de 2008, cuando también se rompería la promesa de movilidad. Es un mundo que ya perdió la inocencia, pero todavía no perdió del todo la expectativa. El shock existe, pero no se volvió doctrina. La desconfianza está presente, pero no es total.

Incluso atravesada por el recuerdo de los noventa —con toda esa estética Kids, el miedo al desborde juvenil, la obsesión por el exceso— la serie conserva un optimismo parcial. No ingenuo, pero sí persistente. La idea de que las instituciones pueden fallar, pero no están agotadas. Que la familia, la ley, la escuela todavía pueden cumplir una función reparadora si alguien decide hacerse cargo. Sandy Cohen es la personificación de esa hipótesis.

Incluso Seth, el hijo biológico de Sandy, representa un momento de transición. Es el nerd irónico antes de que esa figura fuese romantizada por el capitalismo tecnológico, antes de que Silicon Valley lo convierta en héroe retrospectivo. Pertenece a un mundo donde todavía no estaba claro quiénes iban a ser los ganadores del futuro. Si en Volver al Futuro el quarterback seguía triunfando en la adultez, las ficciones posteriores empiezan a ensayar otra inversión: los perdedores se vuelven ganadores, los ganadores, perdedores. Como si la cultura empezara a registrar que estaba parada en el vértice de transformaciones mucho más profundas.

Sandy Cohen no promete éxito. Promete algo más modesto que hemos escuchado mucho como slogan los últimos años; que nadie se salva solo y que el sistema, aun con grietas, todavía puede responder si hay alguien dispuesto a sostenerlo.

California dream: de Newsport a Euphoria

Comparar The O.C. con Euphoria no es solo comparar dos series adolescentes. Es comparar dos momentos históricos distintos que usan el mismo escenario -California- para narrar juventudes diferentes. Entre una y otra hay dieciséis años. Pero en términos culturales, políticos y afectivos, hay un desplazamiento mucho mayor.

Entre 2003 y 2019 no solo cambió la forma de hacer televisión –antes de las series existian en grillas horarias que censuraban su contenido de sexo, drogas o violencia– Cambió la relación con el futuro. Cambió el lugar de los adultos. Cambió el estatuto del dolor. Y, sobre todo, cambió la expectativa de que el mundo pueda ser corregido.

En The O.C., el mundo es injusto, clasista y cruel, pero no está clausurado. Siempre existe la posibilidad -frágil, parcial, imperfecta- de intervenir, de torcer una trayectoria, de ofrecer una segunda oportunidad. Las instituciones fallan, pero siguen en pie. La familia, la ley, la escuela todavía funcionan como marcos posibles de reparación.

En Euphoria, esa posibilidad ya no existe. El mundo no aparece como un sistema defectuoso que puede arreglarse, sino como un sistema agotado. No hay instituciones que sostengan, no hay adultos creíbles, no hay transmisión ética. Los mayores están ausentes, son ineficaces o forman parte del daño. No hay horizonte compartido, solo gestión individual de la supervivencia.

Esa diferencia se expresa también en la forma en que cada serie concibe el dolor. En The O.C., el dolor es un proceso. Tiene causas, deja marcas, pero puede transformarse. Ryan no borra su pasado, lo resignifica y tuerce su destino. El sufrimiento no desaparece, pero se integra a una narrativa que le da sentido. En Euphoria, el dolor es un ecosistema. No conduce a aprendizaje ni a redención. No se tramita, se intensifica. No hay salida, solo repetición y trauma.

Efecto Linklater

The O.C. nace en un momento bisagra, después del 11 de septiembre del 2001, pero antes de la crisis financiera global. En un capitalismo que ya había perdido inocencia, pero todavía prometía movilidad. En un mundo donde las instituciones estaban erosionadas, pero no colapsadas. Familia, escuela, ley, estaban cuestionadas, discutidas, pero todavía operativas.

Ryan Atwood no es solo un chico pobre en un barrio rico. Es una fantasía -todavía creíble en ese momento- de que el sistema puede corregirse si alguien decente interviene. No garantiza justicia plena ni finales felices, pero sí la posibilidad de torcer una trayectoria. De no quedar definitivamente condenado por su origen.

La crisis de 2008 no solo rompió economías. Rompió expectativas. El futuro dejó de ser imaginado como promesa y empezó a vivirse como amenaza. La ansiedad reemplazó al deseo. Y las series adolescentes cambiaron de tono, no por capricho estético, sino porque muchas de las lecciones anteriores quedaron viejas de un día para otro.

Visto desde hoy, The O.C. activó una promesa y dejó el recuerdo de un mundo que se desvaneció delante nuestro. Tal vez no nos dejó vivir todo lo que podía ser. Tal vez su interrupción también marque la interrupción de ese mundo que, cuando éramos adolescentes, estábamos aprendiendo a habitar… justo antes de que todo cambiara.

Las obras cerradas se recuerdan con respeto.

Las interrumpidas, con obsesión.

James Dean. Jeff Buckley. Kurt Cobain. Los Simuladores.

Porque no envejecen.