Las declaraciones de Mike Pompeo no introducen una novedad, pero sí una claridad política que muchos actores internacionales han preferido eludir. Al señalar que figuras como Vladimir Padrino López, Delcy Rodríguez y Diosdado Cabello siguen siendo chavistas comprometidos con la preservación del statu quo, el exsecretario de Estado estadounidense pone en palabras una percepción extendida: la continuidad del poder no puede confundirse con una transición.
En el contexto actual, marcado por reacomodamientos internos y presiones externas, la tentación de presentar cambios cosméticos como avances sustantivos es alta. Sin embargo, la experiencia venezolana demuestra que el chavismo ha sabido mutar sin perder el control. Cambiar nombres, redistribuir funciones o ensayar gestos de apertura no altera la estructura central del poder, que sigue anclada en la lealtad política, el control militar y la ausencia de contrapesos institucionales.
Pompeo acierta al advertir que quienes han sostenido el sistema durante años difícilmente se conviertan en sus reformadores. Vladimir Padrino López ha sido una pieza clave en la militarización del Estado; Delcy Rodríguez, una operadora central en la diplomacia y la gestión del poder; Diosdado Cabello, el garante político del ala más dura del chavismo. Pretender que estos actores lideren una transición democrática equivale a desconocer su rol histórico y sus incentivos reales.
La apelación a la paciencia, presente en el mensaje de Pompeo, no es un llamado a la inacción, sino a la precisión estratégica. Hacerlo “bien” implica evitar soluciones de compromiso que perpetúen la lógica autoritaria bajo nuevas formas. La rapidez a la que alude no es improvisación, sino decisión política para crear condiciones que permitan a los venezolanos recuperar su orden constitucional sin intermediarios interesados.
VENEZUELA. pic.twitter.com/waarqHa9bX
— The White House (@WhiteHouse) January 10, 2026
El respaldo a una línea firme frente al chavismo no responde únicamente a una agenda estadounidense. Para amplios sectores de la oposición venezolana y de la sociedad civil, la presión internacional ha sido uno de los pocos factores capaces de alterar el equilibrio de poder interno. Las sanciones, el aislamiento diplomático y la exposición de las redes de corrupción han limitado, aunque no desmantelado, la capacidad de maniobra del régimen.
En ese marco, las declaraciones de Pompeo funcionan como una advertencia y como un respaldo. Advertencia a quienes buscan reciclar el poder sin transformarlo; respaldo a quienes sostienen que la reconstrucción del país exige una ruptura clara con el aparato chavista. La restauración del orden constitucional no puede quedar en manos de quienes lo vaciaron de contenido.
No one should be under the illusion that Vladimir Padrino, or Delcy Rodriguez, or Diasdado Cabello are anything other than committed Chavistas who want to maintain the status quo in Venezuela.
— Mike Pompeo (@mikepompeo) January 10, 2026
We have to be patient, and we have to get this right - but we should move as quickly… pic.twitter.com/YbfCOO3XoY
El mensaje de fondo es inequívoco: Venezuela no necesita una administración provisional del chavismo, sino una transición auténtica que redefina reglas, responsabilidades y legitimidades. Eso supone elecciones libres, justicia independiente y fuerzas armadas subordinadas al poder civil, condiciones incompatibles con la permanencia de los mismos actores que han garantizado el sistema vigente.
A favor de Pompeo no está solo una posición geopolítica, sino una lectura realista del poder venezolano. Reconocer que la continuidad no es estabilidad, y que el reformismo interno es una ilusión, es un paso necesario para evitar que la crisis se prolongue bajo nuevas etiquetas. Sin ruptura, no hay transición; sin transición, no hay reconstrucción posible.