El Día Internacional del Agradecimiento se conmemora cada 11 de enero y, aunque no figura entre las efemérides más populares del calendario, su sentido es claro: promover la gratitud como valor social, emocional y cultural. No tiene actos oficiales ni feriados, pero sí una consigna universal y bastante incómoda para estos tiempos: frenar un segundo y decir “gracias”.
A diferencia de otras celebraciones, esta fecha no está asociada a un hecho histórico puntual ni a una declaración oficial de organismos internacionales. Su origen es más difuso y contemporáneo, ligado a movimientos sociales y educativos que, desde fines del siglo XX, comenzaron a impulsar la gratitud como herramienta para mejorar la convivencia y el bienestar individual.
Diversos estudios en psicología y neurociencia coinciden en que practicar el agradecimiento de forma consciente reduce el estrés, mejora el estado de ánimo y fortalece los vínculos sociales. No se trata de positivismo ingenuo, sino de un ejercicio mental que ayuda a reordenar prioridades y percepciones.
En contextos de crisis (económicas, sociales o personales), el agradecimiento no implica negar los problemas, sino reconocer lo que sí está presente. Por eso, la fecha suele retomarse en ámbitos educativos, terapéuticos y comunitarios, más que en actos protocolares.
El Día del Agradecimiento tiene una particularidad: no fue absorbido por el mercado. No hay regalos obligatorios, promociones especiales ni consumo asociado. A lo sumo, publicaciones en redes, reflexiones personales y alguna que otra frase motivacional bien intencionada.
Y ahí aparece el costado irónico: agradecer es gratis, no cotiza en bolsa y no genera likes automáticos. Tal vez por eso cuesta tanto. Decir “gracias” sin esperar nada a cambio sigue siendo un gesto revolucionario en su mínima expresión.
En definitiva, el 11 de enero no pide grandes gestos. Apenas propone algo simple y difícil a la vez: reconocer lo recibido, lo aprendido y a quienes estuvieron.