En octubre de 2016, cuando la crisis venezolana comenzaba a adquirir dimensiones estructurales, el Papa Francisco recibió en el Vaticano a Nicolás Maduro. La audiencia, privada y no anunciada previamente, se inscribió en una estrategia vaticana orientada a promover el diálogo entre el gobierno y la oposición. En ese momento, la Santa Sede apostaba a una mediación institucional que evitara una ruptura abierta y preservara la estabilidad regional.
Sin embargo, aquella decisión dejó una marca ambigua. Mientras el régimen de Maduro profundizaba la represión, la concentración de poder y el deterioro humanitario, la figura del Papa aparecía asociada -al menos simbólicamente- a un intento de equidistancia que terminó favoreciendo al poder constituido. La oposición venezolana, fragmentada y bajo persecución, nunca recibió en ese entonces un respaldo directo de igual jerarquía.
Con el paso de los años, la crisis venezolana desbordó los márgenes de cualquier mediación clásica. El colapso institucional, la migración masiva y la sistematización de presos políticos expusieron los límites de una estrategia basada en el diálogo con un régimen que no mostró voluntad real de reforma. En retrospectiva, la audiencia de 2016 quedó asociada a una lectura fallida del proceso venezolano y a una subestimación de la deriva autoritaria.
La muerte de Francisco y la llegada al papado de León XIV marcaron un punto de inflexión. Lejos de la lógica de interlocución con el poder de facto, el nuevo pontífice asumió una postura más explícita en materia de derechos humanos y legitimidad democrática. Ese cambio quedó cristalizado el 12 de enero de 2026, cuando León XIV recibió en el Vaticano a María Corina Machado, líder de la oposición venezolana.

La audiencia con Machado no fue un gesto protocolar. En el encuentro, la dirigente expuso la situación de los presos políticos y la crisis humanitaria que atraviesa Venezuela, colocando en el centro del diálogo la voz de las víctimas y de quienes reclaman una transición democrática. A diferencia de 2016, el Vaticano eligió escuchar a la oposición como actor legítimo y no como una parte subordinada en un esquema de negociación sin garantías.
El respaldo implícito de León XIV a Machado refleja una redefinición del rol moral de la Iglesia. El nuevo Papa parece haber asumido que la neutralidad, en contextos de autoritarismo consolidado, puede transformarse en complicidad involuntaria. Al recibir a la líder opositora, el Vaticano envió una señal política clara: la defensa de los derechos humanos prevalece sobre la búsqueda de equilibrios diplomáticos vacíos.
El Papa León XIV se reunió con la líder de la oposición venezolana María Corina Machado en el Vaticano el 12 de enero, en una audiencia no programada que posteriormente se añadió a la agenda oficial. Machado, figura clave de la oposición venezolana y Premio Nobel de la Paz, ha… pic.twitter.com/kj74Von6vX
— ACI Prensa (@aciprensa) January 12, 2026
El contraste entre ambas audiencias sintetiza un cambio de paradigma. Mientras Francisco optó por el diálogo con el poder en nombre de la estabilidad, León XIV prioriza la legitimación de quienes encarnan una demanda democrática concreta. Este giro no solo interpela a Venezuela, sino también al conjunto de América Latina, donde la Iglesia ha debido revisar su papel frente a regímenes que utilizan el diálogo como mecanismo de dilación.
En ese sentido, el encuentro con María Corina Machado posiciona al Vaticano como un actor moral más definido y menos dispuesto a validar, siquiera de manera simbólica, a gobiernos que han vaciado de contenido las instituciones. Diez años después, el mensaje es inequívoco: el tiempo del diálogo sin condiciones se agotó, y la Iglesia, bajo León XIV, parece dispuesta a asumir los costos de esa definición.