18/01/2026 - Edición Nº1076

Internacionales

Una nueva Era

Marco Rubio, el Kissinger de Donald Trump y el nuevo orden mundial

13/01/2026 | Estados Unidos reúne 50 estados en América del Norte, con Alaska al noroeste y Hawái en el Pacífico, proyectando alcance continental y oceánico.


por Mikel Viteri


“Los Estados no tienen amigos, tienen intereses”. La célebre cita de Henry Kissinger resume una visión del mundo que marcó la política exterior estadounidense durante la Guerra Fría y que hoy vuelve a cobrar fuerza bajo la figura de Marco Rubio, actual secretario de Estado de la administración Trump. En un contexto de agotamiento del orden liberal internacional, Rubio se ha convertido en uno de los principales arquitectos de una estrategia que prioriza el poder, la seguridad y el interés nacional por encima del universalismo moral.

¿Quién fue Henry Kissinger?

Henry Kissinger fue uno de los grandes exponentes de la Realpolitik, o política realista, estadounidense. Como sqecretario de Estado y Asesor de Seguridad Nacional durante las presidencias de Richard Nixon y Gerald Ford, a comienzos de la década de 1970, concentró un poder excepcional que le permitió rediseñar el equilibrio global.

Su legado incluye la apertura diplomática con China mediante la llamada diplomacia del “ping-pong”, la política de distensión con la Unión Soviética, la arquitectura de poder en Medio Oriente tras la guerra de Yom Kippur y un intervencionismo decidido en América Latina, donde Washington respaldó mecanismos como la Operación Cóndor para preservar su hegemonía hemisférica frente al avance de la influencia soviética en la región.

Para Kissinger, el orden internacional siempre estuvo por encima de consideraciones morales o ideológicas. Falleció en 2023 a los 100 años, tras haber asesorado en política internacional no solo a los gobiernos de su época, sino también a presidentes posteriores, desde Jimmy Carter hasta Donald Trump, en su primer mandato.

Estados Unidos 


Estados Unidos es un país de 50 estados que cubre una vasta franja de América del Norte, con Alaska en el noroeste y Hawái extendiendo la presencia de la nación en el Océano Pacífico.

Marco Rubio y la concentración del poder estratégico

Marco Rubio emerge hoy en un rol sorprendentemente similar. Tras años como senador, asumió la jefatura de la diplomacia estadounidense bajo la segunda administración de Donald Trump. Sin embargo, su influencia va mucho más allá del Departamento de Estado. Rubio también ejerce funciones clave como Asesor de Seguridad Nacional, convirtiéndose en el primer dirigente estadounidense desde Kissinger en concentrar ambas responsabilidades.

Esa doble función le permite controlar la diplomacia, la estrategia y el acceso directo al presidente, una posición desde la cual se define la política exterior real, no solo la declarativa.

La tesis central de Rubio es clara: tras el final de la Guerra Fría, Estados Unidos confundió su interés nacional con un universalismo moral que terminó debilitándolo. El comercio irrestricto, las fronteras abiertas y las reglas globales erosionaron la base industrial, social y estratégica del país, mientras potencias rivales utilizaron ese mismo sistema para fortalecerse. Para Rubio, el orden internacional liberal dejó de servir a Washington y, en muchos casos, comenzó a operar directamente en su contra.

Bajo el liderazgo de Trump, Rubio ha reorientado la diplomacia estadounidense hacia la razón de Estado. Estados Unidos seguirá actuando en el mundo, pero solo cuando cada decisión lo haga más seguro, más fuerte y más próspero. La política exterior deja de estar guiada por valores universales y pasa a regirse por cálculos concretos de poder. El costo de este giro es evidente: el abandono del viejo orden global y una mayor fricción con aliados tradicionales, como se observa actualmente en el seno de la OTAN, especialmente en debates vinculados a Groenlandia.

Rubio y el realismo ofensivo

Este enfoque puede encajar perfectamente con la teoría del realismo ofensivo desarrollada por John Mearsheimer, quien sostiene que las grandes potencias no buscan simplemente sobrevivir, sino maximizar su poder y alcanzar la hegemonía regional como forma de seguridad. En este marco, el sistema internacional es anárquico, la cooperación es circunstancial y la competencia, estructural.

En el caso de Rubio, puede afirmarse que, en la práctica, actúa como un realista ofensivo, pese a sus diferencias ideológicas con Mearsheimer. La política exterior de Trump no persigue un equilibrio abstracto ni una gobernanza global compartida, sino una posición dominante en el entorno estratégico inmediato de Estados Unidos, particularmente en el Hemisferio Occidental.

Marco Rubio el ingeniero de la Doctrina Trump

La Estrategia de Seguridad Nacional 2025 deja claro que la llamada Doctrina Trump ya no es una suma de impulsos, sino un marco escrito y deliberado. America First se presenta como una política de resultados, no como una ideología rígida: “pragmática sin ser pragmatista”, “realista sin ser realista”, “muscular sin ser halconera” y “contenida sin ser dócil”. Esta ambigüedad no es debilidad, sino flexibilidad estratégica. Lo que importa no es la pureza doctrinal, sino qué funciona para Estados Unidos.

En ese esquema, Rubio no actúa como comentarista, sino como el operador central que traduce el eslogan en política de Estado: recorta compromisos que ya no aportan valor, reordena prioridades y concentra recursos en los teatros que el propio documento define como su nucleo.

El dato decisivo es institucional. Rubio no solo conduce el Departamento de Estado; como Asesor de Seguridad Nacional, se encuentra en el punto donde se decide qué entra y qué queda fuera del interés nacional. El propio documento reconoce el error de la posguerra fría: expandir tanto la definición de interés nacional que “todo” importaba y, al final, nada se priorizaba. La nueva estrategia corrige ese exceso mediante una contracción consciente: menos misiones universales, más objetivos medibles; menos “orden basado en reglas” abstractas, más soberanía, poder y responsabilidad nacional.

El replanteamiento del multilateralismo y el Corolario Trump

En este marco se inscribe el replanteamiento del multilateralismo. La estrategia convierte la soberanía en principio rector y cuestiona a organizaciones transnacionales que, lejos de proteger a los Estados, terminan limitando su capacidad de decisión. La retirada de tratados y organismos no es un gesto de aislamiento, sino una consecuencia lógica del principio de sovereignty and respect.

Rubio ejecuta esta reconfiguración desde la diplomacia práctica: pasa de administrar estructuras globales ineficientes a negociar acuerdos bilaterales más justos, exigir fairness a los aliados y poner fin al free-riding. Su rol es complejo: endurece las condiciones, pero al mismo tiempo actúa como garante de que las alianzas sigan siendo funcionales y sostenibles.

Este enfoque se refleja con claridad en el Hemisferio Occidental, donde la estrategia actualiza la Doctrina Monroe bajo lo que denomina el “Corolario Trump”. La reciente intervención en Venezuela, lejos de responder a un afán expansionista, se presenta como una acción orientada a restablecer la estabilidad, cortar flujos ilícitos y evitar que actores extrahemisféricos utilicen la región como plataforma de presión estratégica. Las señales hacia Cuba y el renovado interés en Groenlandia refuerzan la misma lógica: asegurar espacios estratégicos clave, proteger rutas, recursos y aliados, y reducir riesgos antes de que se conviertan en crisis mayores.

Trump como “Presidente de la Paz”

Todo ello se articula con la narrativa de Donald Trump como “Presidente de la Paz”. La paz, en esta estrategia, no es idealismo ni retirada, sino prevención activa: detener conflictos antes de que escalen y arrastren a Estados Unidos a guerras largas y costosas. De ahí la insistencia en Ucrania como expediente a cerrar mediante negociación y la atención a las tensiones internas en Irán, donde un eventual colapso del régimen islámico tendría efectos directos sobre sus proxies regionales como Hamas o Hezbolá y, por tanto, sobre la estabilidad en Medio Oriente.

En conjunto, la Doctrina Trump no propone un mundo dominado por Estados Unidos, sino un mundo más ordenado por Estados soberanos fuertes, responsables de su seguridad y conscientes de sus límites. Rubio encarna esa transición no como ideólogo, sino como gestor de prioridades, ejecutor de una política exterior que privilegia resultados, reduce la sobreextensión y busca que la paz y la estabilidad sean, ante todo, buenos negocios estratégicos para Estados Unidos.

Las debilidades y diferencias de Rubio frente a Kissinger

La comparación entre Henry Kissinger y Marco Rubio es útil para comprender el momento actual de la política exterior estadounidense, pero también revela límites claros. Aunque ambos concentran poder estratégico y operan en contextos de transición sistémica, sus diferencias son tan relevantes como sus similitudes.

La primera diferencia es estructural y personal. Kissinger fue un diplomático técnico, formado en la academia, sin ambiciones electorales y constitucionalmente impedido de aspirar a la presidencia por haber nacido fuera de Estados Unidos. Esa condición le permitió operar siempre desde la sombra, sin exponerse al ciclo electoral ni a la presión de la opinión pública. Rubio, en cambio, es un político de carrera. Cada decisión que toma tiene un costo potencial para su futuro, ya sea como posible compañero de fórmula de JD Vance o como aspirante presidencial en 2028.

La segunda diferencia es institucional. Kissinger actuó en un sistema más jerárquico, donde Nixon delegaba amplios márgenes de maniobra y el aparato estatal respondía con disciplina. Rubio, aunque acumula cargos, opera en una administración fragmentada, con múltiples centros de poder y enviados especiales que intervienen directamente en expedientes clave. En negociaciones como Ucrania, por ejemplo, su influencia no siempre es decisiva.

La tercera diferencia es doctrinal. Kissinger fue un realista clásico, obsesionado con el equilibrio y la estabilidad sistémica. Rubio actúa, en la práctica, con una lógica más cercana al realismo ofensivo, priorizando la hegemonía regional y la eliminación de amenazas en el entorno inmediato. Esto hace su política más eficaz a corto plazo, pero también más expuesta a errores de cálculo si los conflictos se prolongan y derivan en procesos de estabilización largos, algo culturalmente rechazado por buena parte del trumpismo.

Finalmente, está la cuestión del tiempo. Kissinger pensaba en décadas y diseñaba equilibrios duraderos. Rubio opera en un entorno acelerado, mediático y polarizado, donde los resultados deben ser visibles y rápidos, lo que reduce el margen para la paciencia estratégica.

En síntesis, Rubio comparte con Kissinger la centralidad estratégica y la capacidad de diseño, pero carece de dos escudos clave: la invisibilidad política y la inmunidad electoral. Eso lo convierte en una figura más poderosa en el corto plazo, pero también más vulnerable. Si el nuevo orden funciona, Rubio puede consolidarse como estadista. Si fracasa, corre el riesgo de ser recordado no como el Kissinger de Trump, sino como el político que cargó con el costo de una transición histórica.