Francia atraviesa un punto de inflexión demográfico sin precedentes en más de ocho décadas. Durante 2025, el país registró más fallecimientos que nacimientos, una situación que no se producía desde 1944, en el tramo final de la Segunda Guerra Mundial. El saldo natural fue negativo, con unas 651.000 muertes frente a aproximadamente 645.000 nacimientos, lo que evidencia un cambio estructural en la dinámica poblacional.
El dato resulta especialmente significativo porque rompe con una tendencia histórica: durante décadas, Francia había logrado mantener un equilibrio demográfico más estable que otros países europeos, gracias a políticas familiares activas y a tasas de natalidad relativamente altas. Ese diferencial hoy se ha reducido de forma visible.

El fenómeno responde a dos procesos simultáneos y de largo plazo. Por un lado, la caída sostenida de la natalidad. El índice de fecundidad descendió hasta alrededor de 1,56 hijos por mujer, uno de los niveles más bajos desde comienzos del siglo XX y claramente por debajo del umbral necesario para garantizar el reemplazo generacional. La postergación de la maternidad, la inestabilidad económica, los cambios en las formas de pareja y las nuevas prioridades vitales han incidido de manera directa en esta tendencia.
Por otro lado, el envejecimiento de la población acelera el número de defunciones. Más de una quinta parte de los habitantes tiene 65 años o más, y las generaciones nacidas tras la posguerra están ingresando masivamente en edades avanzadas. Esto incrementa de forma natural la mortalidad anual, aun sin crisis sanitarias excepcionales.

A pesar del saldo vegetativo negativo, la población total francesa no disminuyó. El país ronda los 69 millones de habitantes, sostenido principalmente por la inmigración neta positiva, que compensa la diferencia entre nacimientos y muertes. Sin ese aporte externo, el descenso poblacional ya sería una realidad.
Las consecuencias del cambio demográfico son amplias y de largo alcance. El sistema de pensiones, la financiación del Estado de bienestar, el mercado laboral y la organización de los servicios de salud enfrentarán una presión creciente a medida que se reduzca la proporción de personas en edad activa. Al mismo tiempo, el debate sobre políticas de natalidad, conciliación laboral y migración vuelve a ocupar un lugar central en la agenda pública.
El hecho de que las muertes superen a los nacimientos no implica una crisis inmediata, pero sí una señal clara de transformación profunda. Francia ingresa en una etapa demográfica distinta, similar a la que ya atraviesan otras economías desarrolladas, donde el crecimiento poblacional deja de depender de los nacimientos y pasa a estar cada vez más ligado a las decisiones políticas, sociales y migratorias.