El 14 de enero de 1812, el Primer Triunvirato aprobó la creación del Regimiento de Granaderos a Caballo. La iniciativa fue impulsada por el entonces teniente coronel José de San Martín, recién llegado al Río de la Plata, con una idea que rompía moldes: un cuerpo de caballería entrenado bajo estándares europeos, con fuerte disciplina, códigos éticos estrictos y una concepción moderna del combate.
No era un capricho ni una formalidad administrativa. En plena guerra por la independencia, San Martín entendía que sin un ejército profesional no había revolución posible. Los Granaderos nacieron para eso: ser el núcleo duro de un proyecto político y militar mucho más grande.
San Martín no solo organizó el regimiento; lo diseñó en detalle. Desde la selección física y moral de los soldados hasta el reglamento interno, todo apuntaba a formar una tropa ejemplar. El famoso Código de Honor de los Granaderos establecía sanciones severas para conductas como la cobardía, el abuso de poder o la deslealtad. No había margen para improvisados.
El bautismo de fuego llegó rápido. En 1813, el Regimiento de Granaderos a Caballo tuvo un rol decisivo en el Combate de San Lorenzo, el primer enfrentamiento militar de San Martín en suelo americano. La victoria fue breve pero estratégica, y consolidó el prestigio del cuerpo.
Con el correr de los años, los Granaderos se transformaron en una pieza clave del Ejército de los Andes. Participaron en la gesta del Cruce de los Andes y en las campañas libertadoras de Chile y Perú. No fueron un regimiento más: fueron la guardia de confianza de San Martín y una fuerza decisiva en batallas que definieron el destino de Sudamérica.
Tras la independencia, el regimiento atravesó períodos de disolución y reorganización, como gran parte de las instituciones militares del siglo XIX argentino. Sin embargo, su legado nunca se perdió.
Hoy, el Regimiento de Granaderos a Caballo “General San Martín” cumple funciones protocolares y de custodia presidencial, pero su valor va mucho más allá de lo ceremonial. Representa una tradición de disciplina, servicio y compromiso con el Estado que se remonta a los orígenes mismos de la Nación.
Cada 14 de enero, la efeméride no solo recuerda una fecha militar. Recuerda una idea: que la independencia no se sostuvo solo con discursos, sino con organización, profesionalismo y liderazgo. San Martín lo entendió antes que nadie. Por eso creó a los Granaderos. Y por eso siguen siendo historia viva.
• San Martín financió parte del regimiento con dinero propio. Ante la falta de recursos del gobierno revolucionario, aportó fondos personales para la compra de uniformes, armas y caballos, convencido de que una tropa mal equipada nacía derrotada.
• Fue el primer cuerpo militar argentino con entrenamiento sistemático en esgrima. Los Granaderos recibían instrucción formal en el uso del sable, basada en manuales europeos, algo excepcional para las fuerzas criollas de la época.
• La selección de soldados incluía requisitos morales estrictos. Estaban excluidos hombres con antecedentes penales, fama de pendencieros o conductas violentas, aun si tenían experiencia militar o ecuestre.
• El Código de Honor del regimiento penalizaba conductas privadas. Actos como el abuso de poder, el juego compulsivo, la cobardía o la deslealtad eran considerados faltas graves, porque San Martín entendía que la vida personal impactaba en la conducta militar.
• El color azul del uniforme fue una decisión política. Se eligió para diferenciarse visualmente de los ejércitos realistas, tradicionalmente vestidos de rojo, y para consolidar una identidad propia ligada a la causa independentista.
• El Regimiento de Granaderos a Caballo nunca perdió su estandarte en combate. A lo largo de todas las campañas de la independencia, incluidos los enfrentamientos más críticos, sus símbolos fueron preservados.
• San Martín prohibió castigos físicos degradantes. A diferencia de otros ejércitos del siglo XIX, el regimiento aplicaba sanciones disciplinarias severas pero no humillantes, priorizando la autoridad moral sobre la violencia.
• Los oficiales debían dar el ejemplo en todo momento. El reglamento exigía puntualidad, sobriedad y trato respetuoso hacia la tropa; cualquier falta de un superior se consideraba doblemente grave.