Las transferencias de jugadores de fútbol mueven millones de dólares en todo el mundo, por lo que el derecho deportivo en los últimos años se volvió un entramado de documentos extensos y tecnicismos jurídicos para proteger esas cifras de inversión.
Sin embargo, a veces, la letra chica de los contratos puede esconder verdaderas joyas del surrealismo y pizcas de una comedia italiana. Por capricho de los jugadores o por precauciones extremas de los clubes, algunas cláusulas pasaron a la historia por su extravagancia.
Uno de los casos más recordados en la Premier League es el del sueco Stefan Schwarz. Cuando llegó al Sunderland en 1999 procedente del Valencia, los dirigentes ingleses descubrieron una inquietud particular del mediocampista: era un fanático del espacio y tenía planes serios de acompañar a uno de sus asesores en un futuro vuelo comercial turístico, previsto para 2002.
Ante el temor de perder al jugador en órbita, el club incluyó una cláusula específica que le permitía cancelar el contrato unilateralmente si el jugador abandonaba el planeta Tierra. La prensa británica se hizo una panzada y no tardó en apodarlo "El astronauta". Finalmente, Schwarz se retiró en 2003 sin haber salido de la atmósfera.

El talento brasileño suele venir acompañado de alegría, y Ronaldinho se aseguró de dejarlo por escrito. Cuando regresó a su país para jugar en el Flamengo, el astro exigió una cláusula que le permitiera salir a bailar al menos dos veces por semana sin sufrir ninguna sanción o repercusión por parte del club. El "Mengão" aceptó, priorizando la magia en la cancha sobre la disciplina nocturna.
En Alemania, el delantero Giuseppe Reina intentó ser astuto al firmar con el Arminia Bielefeld, exigiendo que el club le construyera una casa por cada año de contrato cumplido. Sin embargo, el acuerdo no especificaba las dimensiones ni los materiales de la vivienda. La dirigencia, con un sentido del humor muy particular, cumplió al pie de la letra: cada año le regaló una casa... pero hecha de bloques LEGO.
Más extraño aún fue lo que vivió Spencer Prior al llegar al Cardiff City en 2001. El excéntrico dueño del club, Sam Hammam, de ascendencia libanesa, obligó al defensor por contrato a incluir en su dieta testículos de cordero con limón y salsa de perejil. Una exigencia gastronómica difícil de digerir para cualquiera.
La comodidad extrema también tiene su lugar. El camerunés Samuel Eto'o, durante su etapa en el Anzhi Makhachkala de Rusia, no quería vivir en la remota región de Daguestán. Por ello, exigió un jet privado para poder residir en Moscú y volar diariamente a los entrenamientos.
En el otro extremo, el holandés Dennis Bergkamp es famoso por su fobia a volar. Su contrato con el Arsenal incluía una cláusula de prohibición de vuelos, lo que explicaba sus ausencias en muchos partidos europeos que requerían traslados aéreos.
