La reunión de Edmundo González con Joe Biden en enero de 2025 fue presentada entonces como un hito diplomático para la oposición venezolana. Sin embargo, con el paso del tiempo y el cambio de signo político en Washington, ese movimiento comenzó a ser leído como un error estratégico. El encuentro se produjo con un presidente saliente, con escaso margen de maniobra y sin capacidad real para condicionar la agenda del siguiente gobierno.
En retrospectiva, la foto con Biden no construyó poder duradero. Por el contrario, dejó a González asociado a una administración demócrata que Donald Trump cuestionó abiertamente durante la campaña y cuyo legado decidió desmarcar una vez de regreso en la Casa Blanca. En términos políticos, fue una apuesta de corto plazo que no sobrevivió al cambio de ciclo.
El problema no fue solo el momento, sino la señal enviada. En el entorno de Trump, la reunión con Biden fue leída como un alineamiento explícito con el establishment demócrata y como una falta de lectura del escenario electoral estadounidense. Lejos de proyectar autonomía estratégica, González quedó encasillado como una figura vinculada a un esquema de poder que Trump buscaba desmontar.
A ese diagnóstico se sumó otro factor clave: la composición del entorno que acompañó a González en Washington. La presencia de dirigentes asociados al llamado gobierno interino, entre ellos figuras fuertemente cuestionadas dentro de la oposición venezolana, reforzó la percepción de una dirigencia anclada en una etapa considerada fallida y carente de credibilidad operativa.

En los círculos cercanos a Trump, el gobierno interino es visto como un experimento agotado, marcado por promesas incumplidas, disputas internas y resultados nulos. Al rodearse de actores identificados con ese período, González no solo heredó ese desgaste, sino que trasladó dudas sobre su capacidad de construir una alternativa confiable y eficiente.
Esa desconfianza se profundizó cuando trascendieron versiones sobre su salida de Venezuela. Según lecturas críticas dentro del propio antichavismo, González abandonó el país sin una estrategia consensuada con el liderazgo opositor y en un contexto de entendimientos tácitos con el oficialismo, incluyendo interlocuciones con Jorge Rodríguez y Delcy Rodríguez. Más allá de las explicaciones formales, el episodio erosionó su capital político.
Para la administración Trump, el mensaje fue claro: González no representaba una ruptura nítida ni una apuesta de futuro. Su figura quedó asociada a un pasado reciente de negociaciones fallidas, salidas poco transparentes y alianzas que despertaron sospechas. En ese marco, la Casa Blanca optó por no empoderarlo ni presentarlo como interlocutor central en el nuevo escenario venezolano.
La comparación con otras estrategias opositoras resulta inevitable. Mientras algunos sectores apostaron por reconstruir legitimidad desde adentro y redefinir vínculos internacionales, González quedó atrapado entre un respaldo que llegó tarde y un entorno que restó más de lo que sumó. En política exterior, como en la interna venezolana, el timing y las compañías importan. En el caso de Edmundo González, ambos jugaron en contra.