Las protestas que sacuden a Irán desde fines de diciembre parecen haberse debilitado de manera significativa tras una represión sin precedentes que dejó miles de muertos, decenas de miles de detenidos y un país bajo fuerte control militar. A la vez, una intensa diplomacia regional contribuyó a reducir el riesgo de una intervención directa de Estados Unidos, que había advertido sobre posibles consecuencias si continuaba el derramamiento de sangre.
Las manifestaciones comenzaron el 28 de diciembre, impulsadas por la creciente inflación, el colapso del poder adquisitivo y el impacto de las sanciones internacionales, pero rápidamente se transformaron en uno de los mayores desafíos al sistema clerical instaurado tras la Revolución Islámica de 1979. Con el correr de los días, las consignas económicas dieron paso a reclamos políticos más amplios.
Según organizaciones de derechos humanos y testimonios de residentes, las fuerzas de seguridad desplegaron unidades militares, drones y grupos paramilitares en ciudades y pueblos donde había habido protestas. En Teherán, varios vecinos afirmaron que las calles permanecen en calma desde el fin de semana, aunque bajo una presencia de seguridad constante y restrictiva.
El alivio relativo también llegó desde el plano internacional. Los temores de un ataque estadounidense disminuyeron luego de que el presidente Donald Trump señalara que había recibido información indicando que los asesinatos estaban disminuyendo. Desde la Casa Blanca advirtieron, sin embargo, que habría “graves consecuencias” si se producía más violencia, y remarcaron que todas las opciones siguen abiertas.

En paralelo, Arabia Saudita y Qatar encabezaron gestiones diplomáticas urgentes con Washington para evitar una acción militar, alertando que una escalada podría desestabilizar toda la región y terminar perjudicando a Estados Unidos.
Aun así, siguen surgiendo relatos de extrema violencia tras el levantamiento parcial del apagón de comunicaciones. Una mujer de Teherán relató que su hija de 15 años fue asesinada cuando regresaba de una manifestación, tras ser perseguida por fuerzas Basij, una milicia utilizada habitualmente para sofocar disturbios. Casos similares se reportaron en otras ciudades, incluidos disparos directos contra civiles.

Las cifras de víctimas superan ampliamente las de protestas reprimidas en años anteriores y marcan un punto de inflexión en la historia reciente del país. También se registraron incidentes aislados, como incendios de edificios públicos y enfrentamientos esporádicos en zonas kurdas del noroeste, aunque con menor intensidad que en los días más críticos.
La crisis activó además movimientos estratégicos. El jefe del servicio de inteligencia israelí Mossad mantuvo reuniones en Estados Unidos sobre la situación iraní, mientras que el presidente ruso Vladimir Putin conversó por separado con el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu y el presidente iraní Masoud Pezeshkian, ofreciendo a Moscú como mediador.
Aunque el gobierno iraní sostiene que la calma ha sido restablecida, el país permanece bajo una tensa quietud, con profundas heridas sociales, acusaciones cruzadas y una comunidad internacional que observa con cautela un conflicto que, aunque contenido por ahora, dista de estar resuelto.