El oficialismo dominicano atraviesa una fase de reacomodo temprano, marcada por declaraciones que buscan ordenar la discusión sucesoria antes de que el calendario electoral lo imponga formalmente. En ese contexto, las afirmaciones del alcalde de Santo Domingo Este, Dío Astacio, proyectando a Carolina Mejía como futura presidenta, no aparecen como un exabrupto aislado, sino como una señal política cuidadosamente emitida hacia dentro del sistema. La frase, amplificada en televisión, instala un nombre en la conversación estratégica sin necesidad de anuncio formal.
La escena es relevante no tanto por su contenido explícito, sino por el momento elegido. Con un gobierno aún en funciones y sin proceso electoral presidencial en marcha, el gesto cumple una función preventiva: marcar territorio, fijar preferencias y comenzar a disciplinar expectativas internas. En política dominicana, como en otros sistemas presidencialistas de la región, la sucesión no se decide únicamente en las urnas, sino en los equilibrios previos que se construyen dentro del poder.
Carolina Mejía reúne atributos que la convierten en una figura funcional para una transición ordenada dentro del Partido Revolucionario Moderno. Su rol como alcaldesa del Distrito Nacional, su paso por la secretaría general del partido y su vínculo directo con el presidente Luis Abinader la ubican en una posición de continuidad, sin estridencias ni rupturas. Para sectores del oficialismo, su perfil permite proyectar estabilidad y renovación al mismo tiempo.
Las expresiones de apoyo, como las de Astacio, operan como ensayos de alineamiento. No buscan aún convencer al electorado, sino enviar mensajes a dirigentes, cuadros medios y potenciales competidores internos. Al nombrarla, se delimita un campo de juego y se obliga al resto a posicionarse, incluso en silencio. En este punto, la construcción de una candidatura pasa más por la acumulación de gestos que por la proclamación explícita.

El principal activo de Mejía es también su mayor desafío: su decisión de mantenerse públicamente enfocada en la gestión municipal mientras otros hablan por ella. Esa prudencia le permite evitar el desgaste prematuro, pero la expone a que su figura sea interpretada y utilizada por terceros. La candidatura, en los hechos, comienza a existir antes de que ella la asuma como propia.

De aquí en adelante, el interrogante no es si Carolina Mejía será mencionada como presidenciable, sino cuándo y cómo decidirá apropiarse de ese rol. El oficialismo parece necesitar una figura que garantice continuidad sin sobresaltos, y los movimientos iniciales indican que parte del sistema ya la visualiza en ese lugar. El desenlace dependerá menos de una proclamación formal que de la capacidad de consolidar consensos internos sin fracturar el delicado equilibrio del poder.