La Unión Europea firma el acuerdo con el Mercosur en el peor momento posible para fingir fortaleza. Lo hace mientras Estados Unidos se repliega sobre sí mismo bajo la lógica de Donald Trump, mientras Rusia espera el desgaste final de la OTAN y mientras Asia consolida poder sin necesidad de alianzas formales. En ese contexto, Bruselas no avanza: se protege.
El tratado llega tarde, llega condicionado y llega cargado de gestos políticos que buscan ocultar una realidad incómoda: Europa ya no negocia desde la cima del sistema internacional, sino desde el borde de su propia irrelevancia estratégica.
Durante décadas, la Unión Europea impuso estándares, condiciones ambientales, reglas comerciales y marcos normativos. Hoy, acepta negociar con un bloque históricamente subestimado porque ya no puede darse el lujo de prescindir de nadie.
El acuerdo con el Mercosur no es una demostración de poder, sino un acto defensivo. Europa busca mercados, recursos y aliados políticos en un mundo donde sus viejos socios ya no garantizan estabilidad. Trump convirtió a Estados Unidos en un socio imprevisible. Putin transformó a Rusia en una amenaza permanente. Asia dejó de pedir permiso.
Frente a ese escenario, América del Sur vuelve a existir para Bruselas.
Aunque el acuerdo se firma entre bloques, Europa negocia con un país: Brasil. El resto acompaña.
Lula funciona como algo más que un presidente. Es una figura útil para Europa porque encarna tres cosas que Bruselas perdió: peso simbólico, autonomía estratégica y legitimidad global. No responde a Washington, no se subordina a Moscú y dialoga con Asia sin complejos.
Que no haya asistido a la ceremonia no lo debilita. Lo fortalece. Europa lo colocó como protagonista el día previo para dejar un mensaje claro: el acuerdo tiene rostro brasileño, aunque se firme en plural.

Argentina aparece en este acuerdo como una paradoja viviente. Necesita desesperadamente acceso a mercados, inversiones y estabilidad comercial, pero su discurso político oscila entre la confrontación ideológica con Europa y la dependencia económica de sus decisiones.

Mientras Brasil negocia desde una estrategia de largo plazo, Argentina llega fragmentada, sin liderazgo regional y con una política exterior más reactiva que planificada. Europa lo sabe. Y actúa en consecuencia.
Para Bruselas, Argentina no es un ancla ni un motor. Es un interrogante. Un país con potencial, pero sin dirección clara dentro del Mercosur. Un socio al que se incluye porque no puede excluirse, no porque lidere.
Uruguay y Paraguay juegan otro juego. Menos ideológico, más pragmático. Para ellos, el acuerdo es una oportunidad comercial concreta, no una jugada geopolítica mayor.
Europa los ve como socios funcionales, previsibles y ordenados. No pesan en la narrativa global del tratado, pero tampoco generan ruido. En un Mercosur atravesado por tensiones internas, ese perfil los vuelve útiles.
El acuerdo expone una verdad incómoda: el Mercosur no negocia como bloque político sólido, sino como suma de intereses nacionales que coinciden circunstancialmente.
Brasil lidera.
Argentina duda.
Uruguay y Paraguay administran.
Europa lo entiende perfectamente y negocia en consecuencia, explotando asimetrías y evitando compromisos que impliquen costos políticos internos demasiado altos.

El tratado UE–Mercosur no marca el regreso de Europa al centro del tablero. Marca su aceptación de que ya no lo ocupa.
Firma porque necesita. Celebra porque debe mostrar iniciativa. Exagera el valor simbólico del acuerdo porque carece de triunfos estratégicos mayores.
Mientras Trump dinamita alianzas, Putin espera su desgaste y Asia consolida poder real, Europa firma tratados para seguir siendo relevante. No lidera el nuevo orden: intenta sobrevivir en él.
Y en ese intento, el Mercosur aparece menos como socio elegido que como tabla de salvación tardía.