17/01/2026 - Edición Nº1075

Internacionales

Periferia global

El Mercosur y el nuevo orden mundial: la periferia que nadie lidera, pero todos necesitan

17/01/2026 | El acuerdo Unión Europea–Mercosur expone un reordenamiento global silencioso. Europa negocia desde la debilidad, Brasil capitaliza su rol político y Argentina queda atrapada en una zona incómoda entre Bruselas y Washington, justo cuando Trump vuelve a imponer su lógica de poder.



El nuevo orden mundial no se anuncia: se filtra. Se construye a través de acuerdos que llegan tarde, alianzas defensivas y decisiones tomadas más por temor a quedar afuera que por ambición de liderazgo. En ese contexto, el cierre del acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur no representa una victoria estratégica para ninguna de las partes, pero sí revela con crudeza cómo se redistribuyen hoy las posiciones de poder.

Europa firma porque ya no puede darse el lujo de esperar. El Mercosur acepta porque no tiene margen para imponer condiciones. Y Argentina, lejos de capitalizar el momento, queda expuesta en una zona de tensión creciente con Estados Unidos, especialmente con un Donald Trump que concibe la política internacional como un juego de lealtades y castigos.

Europa negocia hoy desde una posición que hace apenas una década habría considerado impensable. El bloque que durante años dictó reglas comerciales, estándares ambientales y condiciones políticas, ahora se ve obligado a cerrar acuerdos con regiones que antes trataba como periferia funcional. El tratado con el Mercosur no es una expansión del poder europeo, sino un intento de sostener relevancia en un mundo donde Washington se volvió imprevisible, Moscú desafía abiertamente el sistema y Asia avanza sin necesidad de consensos occidentales.

En ese repliegue estratégico, Bruselas encuentra en América del Sur algo más que mercados y materias primas: encuentra margen político. El Mercosur aparece como espacio de contención, como reserva de estabilidad relativa en medio del desorden global. No es casualidad que Europa haya elegido colocar a Lula como figura simbólica del acuerdo, incluso cuando no estuvo presente en la firma. Brasil ofrece lo que Europa perdió: liderazgo político reconocible, autonomía estratégica y capacidad de diálogo con múltiples polos de poder.

Brasil entiende el tablero. Juega a largo plazo, no se subordina a Estados Unidos, no confronta abiertamente con Rusia y mantiene vínculos fluidos con Asia. Lula funciona para Europa como un contrapeso posible frente a Trump y Putin, no porque pueda enfrentarlos, sino porque no responde a ninguno de los dos. En un sistema internacional cada vez más binario, esa ambigüedad se vuelve valiosa.

Argentina, en cambio, ocupa un lugar mucho más incómodo. El acuerdo UE–Mercosur la encuentra sin estrategia exterior clara, con un discurso que oscila entre la confrontación ideológica con Europa y la necesidad estructural de acceso a sus mercados. Esa ambigüedad no pasa desapercibida en Washington.

Para Trump, los acuerdos multilaterales que no controla son una amenaza potencial. Y el entendimiento entre la Unión Europea y el Mercosur, con Brasil como actor central, introduce una variable incómoda: una región históricamente bajo influencia estadounidense que empieza a diversificar alianzas sin pedir permiso. Argentina, alineada retóricamente con Estados Unidos pero económicamente necesitada de Europa, queda atrapada en una contradicción difícil de sostener.

El problema para Argentina no es solo comercial, sino político. En el nuevo orden que Trump promueve, no hay espacio para equilibrios sofisticados. Hay aliados claros y socios prescindibles. Un acuerdo que fortalece la relación estratégica entre Europa y el Mercosur, incluso si es limitado, coloca a Argentina bajo una lupa incómoda. No por lo que gana, sino por lo que simboliza: la posibilidad de un sur global menos dependiente de Washington.

Mientras Brasil capitaliza esa lectura y Uruguay y Paraguay administran el pragmatismo, Argentina aparece como el eslabón más frágil del bloque. Tiene recursos, pero no dirección. Tiene peso simbólico, pero no liderazgo. Y en un mundo que castiga la indefinición, esa combinación se vuelve peligrosa.

El Mercosur, en este escenario, no emerge como polo de poder, sino como periferia necesaria. No ordena el mundo, pero ayuda a que otros intenten ordenarlo. Europa lo necesita para no quedar aislada. Estados Unidos lo observa para que no se le escape de las manos. Asia lo mide como reserva estratégica. Rusia lo considera un espacio de influencia indirecta.

Nadie lo sigue. Todos lo utilizan.

El nuevo orden mundial no se construye solo desde las cumbres del poder. También se sostiene desde estas periferias funcionales, que no deciden las reglas, pero hacen posible que el sistema no colapse. El Mercosur es hoy una de ellas. Y Argentina, atrapada entre Trump, Europa y un Brasil que juega su propio juego, enfrenta el desafío más complejo de todos: definir si quiere ser actor, aliado o simplemente territorio en disputa.