El 17 de enero de 1946, en Londres, se celebró la primera sesión del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, uno de los pilares del sistema internacional creado tras la devastación de la Segunda Guerra Mundial. Su objetivo era ambicioso y urgente: impedir que el mundo volviera a caer en un conflicto global.
El Consejo nació como el órgano con mayor poder dentro de la Organización de las Naciones Unidas. A diferencia de la Asamblea General, sus decisiones son obligatorias para los Estados, lo que le permite autorizar sanciones económicas, misiones de paz e incluso el uso de la fuerza militar.
Desde su creación, el Consejo quedó estructurado en torno a cinco miembros permanentes con derecho a veto Estados Unidos, Rusia, China, Francia y el Reino Unido, potencias vencedoras de la guerra. A ellos se suman diez países no permanentes, elegidos por períodos limitados y sin poder de bloqueo.
Ese diseño buscó garantizar que las grandes potencias permanecieran dentro del sistema multilateral. Sin embargo, con el paso de las décadas, el veto se convirtió en una de las principales fuentes de parálisis.
Durante la Guerra Fría, el Consejo de Seguridad funcionó como un espejo de la rivalidad ideológica y estratégica entre Estados Unidos y la Unión Soviética. El uso del veto fue frecuente y muchas iniciativas quedaron bloqueadas, especialmente en conflictos vinculados a Asia, Europa del Este y Medio Oriente. Aun así, el organismo logró mantener abiertos canales de diálogo que, en algunos momentos críticos, ayudaron a evitar enfrentamientos directos entre las superpotencias.

Con el colapso del bloque soviético a comienzos de los años noventa, se instaló la expectativa de una nueva era de cooperación internacional. Durante ese período, el Consejo aprobó con mayor consenso intervenciones, misiones de mantenimiento de la paz y sanciones colectivas. Sin embargo, ese impulso fue perdiendo fuerza a medida que surgieron conflictos regionales más complejos, guerras civiles prolongadas y crisis humanitarias difíciles de resolver mediante herramientas tradicionales.
En las últimas dos décadas, el escenario volvió a transformarse. El ascenso de nuevas potencias, la reconfiguración de alianzas y el retorno de disputas entre grandes actores estatales devolvieron al Consejo a un clima de tensión permanente. Hoy, el organismo opera en un mundo fragmentado, donde los intereses nacionales de sus miembros permanentes pesan tanto como los compromisos multilaterales, y donde muchas disputas geopolíticas se trasladan directamente a la mesa del Consejo, limitando su capacidad de respuesta rápida y unificada.
En los conflictos internacionales más recientes, el Consejo vuelve a quedar en el centro de las miradas. Mientras algunos países reclaman acciones rápidas frente a crisis humanitarias, otros bloquean resoluciones por intereses estratégicos, lo que alimenta cuestionamientos sobre su eficacia real.
Las críticas apuntan a:
El uso recurrente del veto
La falta de representación de regiones como África y América Latina
La dificultad para actuar ante guerras donde están involucradas grandes potencias
Aun así, ningún otro organismo internacional concentra tanto poder formal para intervenir en cuestiones de seguridad global.

Ochenta años después de su primera sesión, el Consejo de Seguridad sigue siendo indispensable y controvertido al mismo tiempo. Pensado para un mundo que salía de una guerra total, hoy enfrenta el desafío de adaptarse a conflictos complejos, prolongados y muchas veces sin consensos posibles.
Su aniversario no solo recuerda su origen histórico, sino que vuelve a plantear una pregunta central: puede un sistema creado en 1946 responder eficazmente a las crisis del siglo XXI.