26/01/2026 - Edición Nº1084

Internacionales

Revolución aérea

El día que un avión aterrizó en un buque y cambió la guerra moderna

18/01/2026 | En 1911, una maniobra inédita abrió el camino a los portaaviones y transformó la estrategia militar global.



El 18 de enero de 1911, un acontecimiento que pasó casi desapercibido en su momento terminó marcando un antes y un después en la historia militar y tecnológica. Ese día, el piloto estadounidense Eugene B. Ely logró por primera vez aterrizar un avión sobre la cubierta de un barco, el USS Pennsylvania, anclado en la bahía de San Francisco.

La maniobra, realizada con un frágil avión de madera y tela, fue breve pero decisiva. Para frenar la aeronave, se utilizaron cables improvisados sobre la cubierta, un sistema rudimentario que anticipó los mecanismos que hoy emplean los portaaviones modernos.


El piloto Eugene B. Ely realiza en 1911 el primer aterrizaje de un avión sobre un barco, una maniobra que abriría una nueva etapa en la historia militar.

Un experimento que cambió la estrategia naval

Hasta comienzos del siglo XX, el poder naval se medía casi exclusivamente por el tamaño y la potencia de los cañones. La posibilidad de operar aviones desde el mar alteró por completo esa lógica. El experimento demostró que los barcos podían convertirse en plataformas móviles de proyección aérea, ampliando su alcance mucho más allá del horizonte.

Aunque en ese momento fue visto como una curiosidad técnica, las principales potencias militares comenzaron rápidamente a estudiar su potencial. En las décadas siguientes, las armadas del mundo invirtieron en el desarrollo de buques capaces de lanzar y recuperar aeronaves de forma sistemática.

Durante la Primera Guerra Mundial, la aviación naval todavía tenía un rol limitado. Sin embargo, en la Segunda Guerra Mundial, los portaaviones se convirtieron en armas decisivas, desplazando al acorazado como símbolo del dominio marítimo. Batallas enteras comenzaron a definirse sin que los barcos enemigos llegaran a verse entre sí. Desde entonces, el control del aire sobre el mar pasó a ser un factor clave en cualquier conflicto de gran escala.

Vigencia en el siglo XXI

Más de un siglo después, la maniobra de Eugene Ely conserva plena vigencia estratégica. Las principales potencias militares del mundo mantienen hoy flotas de portaaviones como herramientas centrales de disuasión, proyección de poder y presencia permanente en regiones clave. Estos buques permiten desplegar fuerza aérea sin depender de bases en tierra, una ventaja decisiva en escenarios de crisis o conflictos inesperados.


Más de un siglo después, los portaaviones siguen siendo piezas centrales de la proyección militar y la disuasión estratégica de las grandes potencias.

En un contexto internacional marcado por disputas por rutas marítimas estratégicas, tensiones en mares cerrados y océanos abiertos, y exhibiciones de poder naval cada vez más frecuentes, la aviación embarcada sigue siendo uno de los pilares del equilibrio militar global. La capacidad de lanzar operaciones aéreas desde el mar no solo influye en el desarrollo de los conflictos, sino que también funciona como un mensaje político y diplomático, heredero directo de aquella maniobra que, en 1911, anticipó una nueva era en la guerra moderna.


El USS Pennsylvania, anclado en la bahía de San Francisco, sirvió como plataforma improvisada para una maniobra que cambiaría la guerra moderna.

Un legado que superó a su protagonista

Eugene Ely murió apenas dos años después de su histórico aterrizaje, pero su hazaña trascendió su corta carrera. Aquella prueba de 1911 no solo amplió los límites de la aviación, sino que redefinió la forma de proyectar poder a escala global. Lo que comenzó como un experimento arriesgado terminó convirtiéndose en uno de los fundamentos de la guerra moderna y de la geopolítica contemporánea.