Donald Trump no propone un regreso al multilateralismo ni a las reglas del orden internacional clásico. Propone algo distinto y más peligroso: un sistema paralelo, flexible, sin normas escritas, donde la “paz” funciona como concepto habilitante para intervenir allí donde Estados Unidos considere que existe una causa justa. Justa, claro, según sus propios intereses.
El llamado Board of Peace no es un organismo internacional en sentido estricto. No responde a la ONU, no se rige por tratados ni por consensos regionales. Es una mesa política selectiva, diseñada para legitimar decisiones previamente tomadas y presentar la intervención —política, económica o diplomática— como un acto moral.
En ese marco, la invitación a Javier Milei no es un gesto de cortesía: es una jugada geopolítica que expone a la Argentina a una zona gris peligrosa.
Históricamente, la paz fue un objetivo. En este nuevo esquema, la paz se convierte en una herramienta. No se trata de evitar conflictos, sino de administrarlos, jerarquizarlos y decidir cuáles merecen atención y cuáles pueden ser ignorados.
El Board of Peace habilita a Trump a:
• Opinar y presionar sobre conflictos regionales sin pasar por organismos formales.
• Definir qué violaciones justifican intervención y cuáles no.
• Construir consensos ad hoc sin asumir responsabilidades legales.
No es diplomacia preventiva: es poder discrecional con discurso pacifista.
Para la Argentina, el problema no es menor.
El reclamo por Malvinas se sostiene sobre dos pilares centrales del derecho internacional: la no intervención y la autodeterminación, combinados con el reclamo de soberanía. Aceptar formar parte de un esquema que legitima intervenciones “por causas justas” definidas unilateralmente erosiona ese posicionamiento histórico.
La contradicción es evidente:
• Argentina reclama que terceros no interfieran en Malvinas.
• Pero avala un espacio que habilita interferencias en otros territorios.
No es una discusión teórica: es una tensión diplomática concreta.
La situación de Annobón dejó al descubierto esta incoherencia.
Ante denuncias graves de violaciones a los derechos humanos, la Argentina optó por no involucrarse, utilizando como argumento la necesidad de no sentar precedentes que pudieran afectar la causa Malvinas. Una justificación endeble: una crisis humanitaria no equivale a un conflicto de soberanía.
Ese silencio no fue neutral. Fue selectivo. Y mostró cómo el discurso de la no intervención se activa o se apaga según conveniencia política.
El Board of Peace institucionaliza esa selectividad.
Trump gana legitimidad informal, margen de maniobra y aliados que avalan su mirada del mundo. Puede intervenir sin intervenir, presionar sin sancionar formalmente y decidir sin rendir cuentas.
Argentina, en cambio, asume un costo silencioso: queda atrapada entre su alineamiento político con Washington y su histórica defensa del derecho internacional.
Cuando la paz se vuelve una excusa, deja de ser un principio. Se convierte en una herramienta de poder. Y no todos los países tienen el mismo margen para usarla.