18/01/2026 - Edición Nº1076

Opinión


Historia y poder

De Richelieu al nuevo orden mundial

18/01/2026 | Richelieu y la razón de Estado como clave para leer el agotamiento del orden liberal contemporáneo.



Cuando el cardenal Richelieu llegó al poder, en 1624, Francia no era todavía Francia, sino un mosaico frágil. Nobles con ejércitos privados, ciudades amuralladas que respondían más a su fe que al rey, guerras de religión que habían dejado al continente exhausto y una monarquía que gobernaba más por costumbre que por fuerza real. El Estado era una promesa, no una realidad, ya que carecía de un orden capaz de ser sostenido.

Richelieu introduce el concepto de razón de Estado y, con él, se permite ver lo que otros —cercados por un lenguaje santo— ni siquiera alcanzaban a percibir. Que el verdadero enemigo no era el hereje, ni el protestante, ni siquiera la nobleza rebelde, sino la dispersión del poder. Que un reino sin centro está condenado a ser territorio de paso para imperios más disciplinados. Y que, si Francia no se ordenaba desde adentro, sería ordenada desde afuera. La herejía de Richelieu no fue política, sino conceptual. Sustraer la guerra del terreno divino y devolverlo a lo profano. A partir de ahora sería asunto de los hombres o mejor dicho del Estado.

Retratado como villano en la novela Los Tres Mosqueteros, de Alejandro Dumas, la “eminencia roja”, como se lo conocía, se parecía poco a las figuras clásicas del héroe literario. Tal vez por eso resulte tentador compararlo con Palpatine, señor oscuro de los Sith. No en su costado caricaturesco, sino en su comprensión brutal de la realidad. Cuando un orden se fragmenta, el idealismo no lo salva. Lo hace alguien dispuesto a concentrar poder y tomar decisiones impopulares. Así como Palpatine entiende que el ideal jedi es incapaz de gobernar una galaxia en crisis, Richelieu asume que la fe, las viejas lealtades y la nobleza hereditaria ya no alcanzan para sostener a Francia.

En ambos casos aparece la misma verdad incómoda: la razón de Estado— surge cuando el idealismo encuentra su propio límite para organizar el mundo. El cardenal reemplaza la cruzada por el equilibrio de poder, la hidalguía por el orden. Richelieu no funda la justicia, no porque no crea en ella, sino porque hace posible algo más elemental. La existencia misma de un orden político.

El retorno del desorden como problema político

El mundo contemporáneo no asiste al colapso de un orden justo, sino al agotamiento de un relato. El llamado orden liberal de posguerra no fue un contrato entre iguales ni una arquitectura fundada en la justicia, sino una distribución de poder estabilizada por una narrativa moral como escribió Tomas Di Pietro para Panamá Revista. Mientras esa narrativa resultó eficaz, el sistema funcionó. Cuando dejó de convencer, lo que emergió no fue el caos, sino la política en su forma más explícita.

Desmitificar ese orden exige un gesto similar al que Richelieu ensayó en el siglo XVII. También entonces existía un lenguaje elevado que pretendía cubrir la política con un manto moral. En aquel caso era la fe; en el nuestro, los valores universales, los derechos humanos, el multilateralismo. Cambió el vocabulario, no la lógica. Bajo esa retórica, el poder siguió operando como siempre, aunque con una coartada más sofisticada.

El orden surgido tras 1945 no abolió la política de fuerza; la administró. Las instituciones multilaterales no eliminaron la excepción, la regularon. Prometieron reglas para todos, pero funcionaron como un sistema de excepciones permanentes para los más fuertes. No produjeron un mundo más justo, sino uno relativamente estable mientras duró el consenso, y crecientemente hipócrita cuando ese consenso empezó a resquebrajarse.

Ahí reaparece la pregunta que atraviesa tanto a Richelieu como a la reflexión estratégica moderna ¿Cuánta fuerza puede usar un sistema sin legitimidad y cuánta legitimidad puede sostener un sistema sin fuerza? El liberalismo intentó responder desplazando el problema hacia el terreno moral, como si la legitimidad pudiera sostenerse en el lenguaje antes que en los hechos. Richelieu, en cambio, había sido más brutal y más honesto. Sabía que la legitimidad no precede al orden, sino que emerge de él, y que cuando la política se disfraza de cruzada —ayer religiosa, hoy humanitaria— los conflictos dejan de tener límite.

En ese marco, el presente no aparece como una anomalía, sino como un momento de sinceramiento. La irrupción de Donald Trump no debe leerse como la destrucción de un orden virtuoso, sino como el abandono de la hipocresía que lo sostenía. Su política exterior no inventa la realpolitik, pero la vuelve explícita. Donde antes había apelaciones morales, ahora hay transacciones abiertas. Donde había reglas universales, ahora hay relaciones de fuerza sin eufemismos.

El problema no es Trump, sino lo que revela. Que el orden internacional funcionó mientras los poderosos aceptaron sus límites y empezó a resquebrajarse cuando dejaron de hacerlo. Que su legitimidad no provenía de su justicia intrínseca, sino de su eficacia para organizar la correlación de fuerzas. Y que, cuando esa eficacia se erosiona, la moral ya no alcanza para sostener el edificio.

Tal vez, entonces, el problema central del mundo actual no sea la ausencia de reglas, sino la disputa por quién puede imponerlas y bajo qué justificación. Cuando el poder deja de justificarse y la legitimidad deja de sostenerse, lo que se abre no es el caos, sino una disputa por el orden. Richelieu lo entendió en el siglo XVII. El liberalismo creyó haberlo superado. El presente vuelve a plantearlo, ya sin disfraces.

El orden que viene

En este punto, el diálogo entre Richelieu y Henry Kissinger deja de ser una analogía histórica y se vuelve una clave de lectura del presente. Kissinger nunca pensó el orden internacional en términos de justicia, sino de legitimidad efectiva. Un sistema es legítimo no porque sea justo, sino porque los actores con capacidad de ruptura lo aceptan. Cuando ese acuerdo se erosiona, las reglas no desaparecen por inmorales, sino por inoperantes.

Richelieu había llegado a una conclusión similar siglos antes. Separar la política de la fe no fue un acto de cinismo, sino una forma de ponerle límites a la guerra. Mientras los conflictos se libran en nombre del bien absoluto, no admiten resolución posible. La razón de Estado aparece entonces como un freno paradójico. No moraliza la política, pero la vuelve gobernable. No promete justicia, pero evita la cruzada sin fin.

Es en ese marco donde debe leerse la figura de Donald Trump. Trump no encarna una ruptura teórica con el orden liberal, sino su desenmascaramiento. No introduce la lógica del poder desnudo, solo deja de disimularla bajo un vocabulario universalista. Su política exterior no busca consenso moral, sino resultados visibles. No apela a valores compartidos, sino a relaciones de fuerza explícitas. En lugar de administrar la hipocresía del sistema, la expone.

El problema no es Trump. El problema es lo que su irrupción deja en evidencia. Que el orden liberal funcionó mientras pudo combinar poder con relato. Que cuando el poder dejó de garantizar estabilidad, el relato quedó vacío. Y que, frente a ese vacío, la indignación moral ofrece consuelo, pero no orden. Denunciar la injusticia de un sistema no lo reemplaza. Señalar la brutalidad del poder no construye una alternativa.

Richelieu entendió que el orden precede a la justicia. Kissinger advirtió que la legitimidad sin fuerza es retórica. El presente confirma, de manera incómoda, que ningún sistema puede sostenerse solo en valores si no puede imponerlos, y que ningún ejercicio de fuerza perdura si no encuentra una forma mínima de legitimarse. El mundo vuelve a esa tensión originaria, sin atajos y sin disfraces.

Tal vez el verdadero desafío no sea restaurar un orden que nunca fue justo, ni celebrar el retorno del poder desnudo, sino pensar qué tipo de orden puede surgir cuando la hipocresía deja de organizar la política internacional. Richelieu respondió con razón de Estado. El siglo XX con hegemonía y progresismo. El siglo XXI todavía no encuentra su fórmula.