El divorcio del año se planta en la cartelera como una comedia filosa, actual y profundamente reconocible. Parte de una premisa tan simple como explosiva: una pareja famosa que decide separarse, aunque el amor sigue ahí; una hija que atraviesa el derrumbe familiar entre el dolor y el humor; abogados dispuestos a llevar el conflicto hasta las últimas consecuencias; y una familia expuesta al escrutinio permanente de los medios y las redes sociales. El resultado es una radiografía ácida de cómo los vínculos de pareja impactan en la salud mental.
Luego del suceso de Pérdida Mente, Mariela Asensio y José María Muscari vuelven a asociarse para explorar, una vez más, los laberintos emocionales y mentales de la vida contemporánea. Lo hacen con una comedia que alterna carcajadas con momentos de identificación profunda, donde el humor no esquiva la emoción y la risa convive con el golpe justo.
La puesta en escena es uno de los grandes aciertos del espectáculo. Imponente desde lo visual, el uso de pantallas funciona como un recurso narrativo clave, potenciando el clima mediático que atraviesa la historia y subrayando la idea de una intimidad convertida en espectáculo público. El dispositivo escénico no es decorativo: acompaña, tensiona y amplifica el conflicto.
En el plano actoral, el elenco se luce de manera pareja y sólida. Fabián Vena y Juan Palomino sostienen el pulso dramático y humorístico con precisión, mientras Guillermina Valdés aporta naturalidad y timing justo, confirmando su crecimiento escénico. Ernestina Pais suma frescura y sorprende con monólogos hipnóticos, y Rocío Igarzábal completa el cuadro con una interpretación sensible, eficaz y perfecta. No hay fisuras: cada actuación está al servicio del relato y del tono que propone la obra.
El sello de Muscari aparece con claridad en varios pasajes del espectáculo y se celebra. El guiño constante al mundo del espectáculo y la farándula -con referencias reconocibles y provocadoras- suma una capa de lectura irónica que dialoga con la exposición mediática de los conflictos privados. Lejos de ser un recurso fácil, funciona como espejo incómodo de una sociedad que consume intimidades ajenas como entretenimiento.
El divorcio del año es una comedia que divierte, interpela y deja pensando. Una obra que se anima a reírse del dolor sin banalizarlo y que confirma que, cuando el humor está bien afilado, puede ser una poderosa herramienta para hablar de lo que más duele. Una propuesta sólida, actual y contundente, que entiende muy bien el tiempo que habita.