La reciente muerte de Angelo Gugel volvió a poner en primer plano a una de las figuras más discretas y singulares del Vaticano. Durante casi tres décadas, fue ayudante de cámara y mayordomo personal de Juan Pablo I, Juan Pablo II y Benedicto XVI, tres pontífices muy distintos entre sí, a los que unió desde un segundo plano, sin protagonismo, pero con acceso directo a momentos clave de la historia de la Iglesia.
Nacido en el norte de Italia, Gugel llegó al Vaticano tras desempeñar distintas tareas dentro de la curia. Su vida cambió en 1978, cuando fue llamado a servir a Juan Pablo I, el papa del pontificado más breve del siglo XX. La muerte repentina de Albino Luciani, apenas 33 días después de su elección, dio origen con el tiempo a teorías conspirativas que Gugel siempre rechazó. Según contó en distintas entrevistas, el Papa ya se sentía mal la noche anterior y había hablado incluso sobre la preparación para la muerte. Para él, no hubo misterio ni complot, sino el desenlace inesperado de una salud frágil.
Con la llegada de Juan Pablo II, su rol se volvió aún más cercano. Gugel fue testigo directo del inicio de un pontificado que marcaría a generaciones enteras y, según su propio relato, la primera persona en escuchar el histórico llamado “No tengan miedo”, ya que asistió al Papa polaco en la dicción de su discurso inaugural.
Su imagen quedó asociada para siempre al atentado del 13 de mayo de 1981 en la Plaza de San Pedro, cuando sostuvo a Juan Pablo II tras los disparos que casi le costaron la vida y por los que el Papa perdió gran parte de su sangre. Para Gugel, aquel episodio fue uno de los grandes milagros de su tiempo. Siempre interpretó la recuperación del pontífice desde la fe y la devoción a la Virgen de Fátima, a quien Juan Pablo II atribuyó su curación. Aquella bala, símbolo de ese episodio, fue colocada posteriormente en la corona de la imagen de la Virgen.

A lo largo de los años, Gugel relató experiencias que nunca presentó como pruebas, sino como vivencias personales. Entre ellas, haber presenciado exorcismos realizados por Juan Pablo II, tanto en audiencias públicas como en espacios privados del Vaticano. En todos los casos, insistía en que se trataba de episodios que reforzaron su fe y su convicción espiritual, no de relatos destinados al sensacionalismo.
Uno de los momentos más íntimos que compartió públicamente fue el nacimiento de su cuarta hija. Durante el embarazo, los médicos consideraban inviable continuar la gestación. Gugel contó que Juan Pablo II celebró una misa por su esposa y que, ese mismo día, tras una cesárea compleja, la niña nació sana. Para la familia, fue un hecho extraordinario vivido como un milagro. El propio Papa la bautizó días después.
Tras la muerte de Juan Pablo II, Gugel continuó sirviendo durante un breve período a Benedicto XVI, con quien compartió momentos de oración y recogimiento, antes de jubilarse definitivamente. Se retiró sin buscar reconocimiento, fiel a una vida marcada por el silencio, la obediencia y la discreción.

Más allá de la veracidad histórica de cada uno de sus relatos, Angelo Gugel encarnó una forma de servicio poco visible, pero fundamental. Fue testigo de papados, crisis, atentados y transiciones históricas, siempre desde la fe y sin abandonar nunca su lugar en las sombras del poder.
Su figura vuelve hoy al centro de la escena no solo por su fallecimiento, sino por lo que representó: un hombre común que estuvo presente en momentos extraordinarios, y que eligió contarlos no como certezas absolutas, sino como experiencias personales vividas a la luz de la creencia.