La política de Estados Unidos hacia Venezuela volvió a experimentar un giro discursivo relevante con las declaraciones de Donald Trump, quien por primera vez dejó abierta la posibilidad de que María Corina Machado tenga algún tipo de participación en el futuro político del país. El cambio no supone aún una definición concreta, pero introduce una señal que rompe con el esquema rígido que caracterizó etapas previas de la relación bilateral. En un contexto regional marcado por la fatiga diplomática y la fragmentación opositora, el gesto adquiere un peso simbólico que excede la coyuntura inmediata. La mención pública de Machado funciona como un mensaje tanto hacia Caracas como hacia los aliados regionales de Washington.
El escenario en el que se produce esta declaración es particularmente complejo, con un gobierno venezolano que busca recomponer legitimidad externa mientras enfrenta tensiones internas persistentes. Trump, fiel a su estilo pragmático, evitó comprometerse con un esquema cerrado y optó por una formulación ambigua que le permite margen de maniobra. En ese marco, la apertura discursiva hacia la oposición más confrontativa contrasta con la política de hechos consumados que predominó en años anteriores. La ambigüedad, lejos de ser un error, parece responder a una estrategia de presión gradual y calculada.
La eventual inclusión de Machado en un proceso de transición reordena el mapa interno de la oposición venezolana, históricamente atravesado por disputas de liderazgo y diferencias tácticas. Su figura representa una línea dura frente al chavismo, con alto nivel de reconocimiento internacional pero con límites operativos dentro del país. Al mencionar su nombre, Trump reactiva una carta que había quedado marginada en los últimos años, cuando la prioridad estadounidense parecía centrarse en la estabilidad antes que en la confrontación. El solo hecho de ponerla nuevamente en agenda redefine las expectativas de distintos actores opositores.
Sin embargo, el gesto también expone las contradicciones de una estrategia que busca equilibrio entre realismo geopolítico y legitimidad democrática. Integrar a Machado sin desestabilizar los canales ya abiertos con el poder en Caracas requiere una arquitectura política delicada. Washington parece explorar un esquema híbrido, donde la oposición más ideológica conviva con interlocutores funcionales al statu quo. Este equilibrio frágil puede generar fricciones tanto dentro de Venezuela como en el plano regional, especialmente entre gobiernos que apuestan por una normalización progresiva.
Trump sobre María Corina: “Increíblemente amable, hizo algo increíble, estamos hablando con ella, deberíamos tenerla implicada de alguna forma, me encantaría hacerlo”. Con respeto al futuro de Venezuela. pic.twitter.com/H75n5c3B5d
— David Alandete (@alandete) January 20, 2026
Más allá del caso venezolano, las declaraciones de Trump envían una señal al resto de América Latina sobre el tipo de liderazgo que Estados Unidos está dispuesto a respaldar. La referencia a Machado funciona como un recordatorio de que Washington mantiene capacidad de intervención simbólica, aun cuando evita compromisos formales. La ambigüedad estratégica se convierte así en una herramienta de influencia, permitiendo ajustar posiciones sin asumir costos inmediatos. Para los gobiernos de la región, el mensaje es claro: la política estadounidense sigue siendo transaccional y sujeta a cambios rápidos.
María Corina Machado fue recibida en el Congreso de EEUU como “libertadora”. Aquí sus palabras en español:
— PATRIOTAS ZULIA (@ElZulia) January 21, 2026
“Esta es nuestra gran oportunidad de transformar las Américas.” pic.twitter.com/JZ7zplNIQL
El futuro de esta apertura retórica dependerá de múltiples variables, desde la evolución interna venezolana hasta las prioridades domésticas de Estados Unidos. Por ahora, la puerta entreabierta no garantiza un rol concreto para Machado, pero sí introduce un elemento de presión adicional en un tablero ya saturado de incertidumbre. La estrategia parece apuntar más a condicionar comportamientos que a diseñar una transición ordenada. En ese juego, la indefinición se consolida como una forma de poder, mientras los actores locales intentan leer las señales de una potencia que evita comprometerse del todo.