José María Muscari es uno de los nombres más reconocibles del teatro argentino contemporáneo. Director, dramaturgo y productor, construyó una carrera marcada por la provocación, la productividad extrema y una mirada siempre puesta en los temas que incomodan. En esta entrevista, Muscari hace memoria con Chiche Gelblung en El Living de NewsDigitales.
“La gente pide entradas para la de Muscari”, le recuerda Gelblung, citando una lección que le dio Lino Patalano en el Maipo y que le quedó grabada para siempre. No preguntan de qué trata la obra ni quién actúa. Preguntan por la marca. Y esa marca, construida a fuerza de riesgo, trabajo maratónico y olfato para lo incómodo, hoy convive con otra identidad que él mismo define como la más importante: ser padre.
Durante la entrevista, el invitado repasó su presente profesional, con El divorcio del año arrasando en la calle Corrientes y Sex consolidada como uno de los fenómenos más longevos del teatro porteño; pero el eje de la charla se corrió, inevitablemente, hacia su vida personal. Y ahí apareció Lucio, su hijo adoptivo de 17 años, como el verdadero centro de gravedad.
Muscari adoptó a Lucio cuando él tenía 14 años. No fue un impulso ni un golpe de efecto. Fue una decisión pensada, informada y atravesada por años de terapia. En un sistema judicial donde muchos adultos se habían anotado para adoptarlo, fue el propio Lucio quien lo eligió. ¿El motivo? Una diferencia semántica que dice mucho más de lo que parece.
“Los demás decían que querían tener un hijo. Yo puse que quería ser padre”.
Para el adolescente, esa formulación implicaba menos posesión y más entrega. Menos apropiación y más libertad. Un giro lingüístico que terminó siendo una definición de vínculo.
La relación entre ambos se construye desde el diálogo cotidiano y el respeto mutuo. “Nos hablamos mucho, incluso cuando no estamos de acuerdo”, cuenta Muscari, lejos del cliché del padre ausente. Una frase de su hijo lo marcó especialmente: “Hay cosas que no te cuento para que opines, sino para que escuches”. Y él lo entendió como una regla básica.
Lucio es deportista, entrena varias veces por semana, terminó el secundario sin llevarse materias y ya proyecta su futuro como piloto de avión. Mientras tanto, incursiona en el modelaje. “Yo lo acompaño, pero no le marco el camino”, aclara la figura.
Incluso hace esfuerzos generacionales: “Voy a ver a Duki, no entiendo todo, pero después me siento a escucharlo. Si quiero que él vaya al teatro conmigo, el ida y vuelta es obligatorio”.
En paralelo, su presente profesional atraviesa uno de los momentos más sólidos de su carrera. El divorcio del año, protagonizada por Guillermina Valdés y Fabián Vena, se instaló rápidamente entre las obras más vistas de la calle Corrientes. Sex ya va por su séptimo año ininterrumpido. “Si el éxito tuviera fórmula, todos la copiarían”, señala, citando a Carlos Rottemberg para desmitificar cualquier receta mágica.

Lo que sí reconoce como marca personal es la elección de elencos inesperados y el abordaje frontal de temas incómodos. Salud mental, ansiedad, ataques de pánico, medicación, soledad.
“No me interesa hacer teatro para anestesiar, me interesa que la gente se vea reflejada”.
Y esa identificación, asegura, es lo que sostiene al público en el tiempo.
No es casual. Muscari hace terapia desde los 20 años. Pasó por distintos enfoques, distintos profesionales y no idealiza el proceso. “Encontrar un buen psicólogo es como encontrar una pareja”, dice, con crudeza. Y remata con una frase que impacta: “Es tan grave no encontrar un buen cardiólogo como no encontrar a alguien que te cuide la cabeza”.
Sobre el final de la charla, Gelblung se lo dice sin vueltas: “Sos un gran papá”. A lo que el artista responde emocionado: “Eso vale más que cualquier crítica o taquilla”. Porque, aunque hoy tenga varias obras en cartel y un apellido convertido en marca, hay algo que no negocia: “El teatro sigue siendo importante, pero ya no es lo primero”.
La prioridad cambió. Y en esa elección cotidiana, lejos de la marquesina, José María Muscari parece haber encontrado un éxito distinto: “El que se construye todos los días, puertas adentro”.