Scarlett Johansson volvió a hablar en contra de la tecnología y se sumó a más de 700 figuras de la industria del entretenimiento. Bajo el lema "Gritar no es innovar" (proveniente de la iniciativa Human Artistry Campaign), la actriz de Her se unió a colegas como Cate Blanchett y Joseph Gordon-Levitt para exigir que las gigantes tecnológicas detengan el uso no autorizado de obras protegidas.

La campaña lanzó un mensaje contundente contra las corporaciones que utilizan el trabajo de artistas, escritores y creadores para entrenar modelos de inteligencia artificial sin consentimiento. A través de una carta abierta, el colectivo criticó duramente a las empresas respaldadas por capital privado que ignoran las leyes de propiedad intelectual. La postura del grupo es inflexible: "Robar nuestro trabajo no es innovación. No es progreso. Es un robo, lisa y llanamente".
El apoyo de Scarlett Johansson no es casualidad, dado su historial reciente de enfrentamientos directos con la tecnología. En 2024, la actriz ya había amenazado con emprender acciones legales contra OpenAI tras la presentación de un asistente de voz para ChatGPT que guardaba un parecido asombroso con su propia voz, a pesar de que ella había rechazado previamente prestarla.

La carta abierta también resalta el valor económico y cultural de la comunidad creativa estadounidense, calificándola como la envidia del mundo por su capacidad de generar empleos y crecimiento. Los firmantes argumentan que existe un camino más responsable para el desarrollo tecnológico, señalando que es posible alcanzar una IA avanzada sin pisotear los derechos fundamentales de los autores: “Podemos tener una IA avanzada que se desarrolle rápidamente y garantizar que se respeten los derechos de los creadores".
El movimiento aboga por un modelo basado en acuerdos de licencia y asociaciones éticas, en lugar de la extracción masiva de datos sin permiso. Con el respaldo de mentes creativas como Vince Gilligan, creador de Breaking Bad, y bandas como MGMT, Hollywood busca establecer un precedente que obligue a las tecnológicas a sentarse en la mesa de negociación. La meta es clara: asegurar que el futuro de la innovación no se construya sobre las ruinas de la propiedad intelectual.