por Mikel Viteri
El reciente anuncio de un marco de acuerdo entre Estados Unidos y la OTAN sobre Groenlandia marca un punto de inflexión silencioso pero profundo en la arquitectura de seguridad del Atlántico Norte y del Ártico. Lejos de la retórica sobre anexiones o aventuras militares, lo que emerge es una reconfiguración estratégica pragmática, que deja al descubierto una contradicción central en Europa: la defensa discursiva de la autonomía estratégica frente a una dependencia estructural que sigue siendo insoslayable.
El entendimiento fue confirmado por Donald Trump tras una reunión con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, en el marco del Foro Económico Mundial de Davos. Aunque los detalles finales aún están en negociación, el esquema general es claro: mayor presencia militar estadounidense y aliada en Groenlandia, integración del territorio en sistemas de defensa antimisiles y cooperación en la explotación de minerales estratégicos, todo ello sin alterar formalmente la soberanía danesa.
Durante la Guerra Fría, Groenlandia fue una pieza clave del sistema de alerta temprana estadounidense frente a la Unión Soviética. Tras décadas de relativa marginalidad, el territorio regresa hoy al centro del tablero geopolítico por tres razones estructurales: su posición en el Ártico, su valor para la defensa estratégica y su riqueza en minerales críticos.
El marco acordado apunta a integrar Groenlandia en la arquitectura del llamado Golden Dome, el sistema de defensa antimisiles promovido por la administración Trump. Esto implica sensores avanzados, capacidades de interceptación y una conexión directa con el escudo defensivo norteamericano. No se trata de despliegues simbólicos, sino de infraestructura dura orientada a contener a Rusia y China en un espacio que ambas potencias consideran crecientemente estratégico.
Uno de los aspectos más sensibles del acuerdo es la referencia explícita a derechos mineros. Groenlandia alberga tierras raras, uranio y otros minerales esenciales para la industria tecnológica, la transición energética y la defensa. En un contexto de rivalidad sistémica con China, asegurar estas cadenas de suministro se ha convertido en un objetivo de seguridad nacional para Washington.
Aquí conviene despejar una confusión frecuente: no se trata de colonialismo clásico, sino de seguridad económica. En el siglo XXI, la capacidad de acceder a recursos críticos es tan relevante como el control de rutas marítimas o bases militares. Europa lo sabe, pero carece —por ahora— de la capacidad política y financiera para competir sola en este terreno.
🇺🇸🇬🇱Donald Trump desnudo en Davos| "No quiero usar la fuerza y no voy a usar la fuerza. Si usaramos la fuerza seríamos imparables, pero no la voy a usar.
— Traductor 🥹💕💐 (@TraductorTeAma) January 21, 2026
Lo único que queremos es un pedazo de hielo llamado Groenlandia, que ya la tuvimos pero se la devolvimos a Dinamarca después… pic.twitter.com/p6L91BYKf2
La reacción inicial de varios gobiernos europeos fue de alarma. Se habló de chantaje, de tensiones inaceptables dentro de la Alianza y de riesgos existenciales para la OTAN. Sin embargo, el desenlace es revelador: Europa aceptó más presencia estadounidense para garantizar su seguridad en el Ártico.
Aquí emerge la contradicción central. Desde hace años, Bruselas y varias capitales europeas defienden la idea de una “autonomía estratégica”. Pero cuando esa autonomía se enfrenta a una amenaza concreta —Rusia en el Ártico, China en las cadenas de suministro—, la respuesta vuelve a ser Washington. El acuerdo sobre Groenlandia no destruye la OTAN; expone su asimetría real.
Trump, fiel a su estilo, utilizó la presión económica —amenazas de aranceles— como palanca negociadora. Pero una vez obtenidas concesiones estratégicas, dio marcha atrás. No hubo uso de la fuerza ni ruptura formal con los aliados. Hubo coerción, negociación y acuerdo. Es un patrón conocido, más transaccional que ideológico.
Lejos de los titulares apocalípticos, la Alianza Atlántica no está al borde del colapso. Lo que sí está ocurriendo es una redefinición del vínculo transatlántico. Estados Unidos deja claro que su compromiso no es incondicional ni gratuito, mientras Europa descubre que su margen de maniobra es menor de lo que su retórica sugiere.
Paradójicamente, el resultado puede ser una OTAN más realista y funcional, aunque también más incómoda políticamente para las élites europeas. La exigencia de mayor gasto en defensa y de asumir responsabilidades regionales ya no es una advertencia abstracta: es una condición explícita.
Después de toda la presión política y mediática que Trump ejerció durante semanas al hablar de tomar el control de Groenlandia, finalmente se clarifica un poco el futuro de la isla. En su red social Truth Social, Trump dijo que llegó a un acuerdo con el secretario de la OTAN,… pic.twitter.com/1Ddq0XsXbT
— Patricia Janiot (@patriciajaniot) January 21, 2026
El marco de entendimiento entre Estados Unidos y la OTAN sobre Groenlandia no debe leerse como una ruptura del orden atlántico, sino como una adaptación pragmática a un entorno estratégico en transformación. La combinación de defensa antimisiles, acceso a minerales críticos y refuerzo de la presencia aliada responde menos a impulsos políticos coyunturales que a tendencias estructurales de largo plazo.
En este sentido, el Ártico emerge de forma definitiva como un nuevo teatro central de la competencia geopolítica, donde convergen intereses de seguridad, recursos estratégicos y control de espacios clave. La creciente actividad de Rusia y China en la región ha acelerado decisiones que durante años se postergaron, obligando a los actores occidentales a redefinir prioridades y mecanismos de cooperación.
Para Europa, el acuerdo pone de relieve un desafío pendiente: traducir la aspiración de autonomía estratégica en capacidades reales y sostenibles. Para Estados Unidos, reafirma la importancia del Ártico dentro de su arquitectura de seguridad ampliada. Para la OTAN, el resultado es una Alianza sometida a tensiones políticas, pero aún operativa y funcional frente a amenazas compartidas.
Más que un episodio aislado, Groenlandia se consolida así como un indicador adelantado del nuevo equilibrio internacional: menos centrado en consensos abstractos y más orientado a la gestión concreta de riesgos, territorios y recursos en un sistema internacional crecientemente competitivo.