El diálogo en una nueva jornada de RockPolitik entre Juan Provéndola y Claudio "el Tano" Marciello se construye desde la memoria y el oficio. No hay épica impostada ni relato heroico: hay biografía, trabajo y una relación casi orgánica con la guitarra. Marciello no se presenta como virtuoso, sino como trabajador del sonido. “La guitarra fue una cosa natural: cuando la descubrí estaba desafinada, pero yo buscaba melodías igual”, explicó el Tano.
Desde ese primer contacto, la música aparece como un refugio más que como un proyecto de éxito. “Buscaba melodías como si fuera una mandolina, con las canciones que cantaba mi familia los domingos”, recordó, asociando el aprendizaje musical con la vida cotidiana.
Marciello no concibe la guitarra como exhibición, sino como lenguaje. Esa idea atraviesa toda la conversación. “Una cosa es ser guitarrista y decir ‘este es el escenario, todas las luces acá’, y otra cosa es ser parte de una banda”, sostuvo el invitado, diferenciando ego de pertenencia.
La identidad artística se construye desde la pertenencia colectiva, no desde el protagonismo individual. Incluso en su etapa solista, el concepto es coral.
“Yo me identifico con la generación que apuesta al laburo, al arte y a hacer las cosas sin joder a nadie".
Uno de los núcleos más potentes de la charla aparece cuando Marciello conecta música, historia y territorio. La composición no surge solo del sonido, sino del contexto simbólico. “Me gusta estar en el tiempo y lugar, imaginarme lo que pasó ahí”, explicó al hablar de sus recorridos por espacios históricos que luego se transforman en canciones.

La espiritualidad tampoco surge como discurso religioso tradicional, sino como experiencia personal y popular. “Fue un cable a tierra para mí, donde deposité una parte de mi fe”, dijo al referirse a su vínculo con figuras del culto popular y procesos personales de recuperación.
Lejos del marketing de la industria musical, Marciello define su camino desde la disciplina y la constancia. “Cierro los ojos, me pongo una meta y le doy para adelante”, sintetizó el guitarrista, con una lógica más cercana al trabajo artesanal que a la lógica del mercado.
Incluso cuando habla del canto, lo hace desde la funcionalidad, no desde el lucimiento. “Canto lo que escribo. Eso me saca un montón de preocupaciones”, explicó, dejando claro que la voz no es un rol separado, sino una extensión del mismo proceso creativo.
La charla no queda anclada en la nostalgia. El Tano habla de su presente como continuidad, no como etapa distinta. “Empecé a escribir, cuando me quise acordar tenía un disco”, contó sobre su proceso reciente, describiendo la creación como algo orgánico, no planificado.
El resultado es el retrato de un artista que no se define por el pasado, sino por la persistencia. No hay discurso de despedida ni retiro simbólico. Hay trabajo, proceso y continuidad. Como él mismo lo sintetiza sin vueltas: “Estoy bien como estoy. Equipo que gana no se toca”.