23/01/2026 - Edición Nº1081

Opinión


Trilogía

Milei en Davos: sermón moral en busca de audiencia

23/01/2026 | Milei habla ante CEOs y funcionarios que no viven el aumento de tarifas, la recesión o los conflictos de presupuesto universitario.



Javier Milei llegó a Davos a cerrar una trilogía. En 2024 había dicho que Occidente estaba “en peligro”; en 2025, que los organismos internacionales empujaban una agenda “socialista disfrazada”; ahora proclamó que “el mundo empezó a despertar” y que América será el faro que vuelva a encender a Occidente. El hilo es claro: el Presidente ya no se presenta sólo como jefe de Estado de un país periférico, sino como predicador global de una cruzada contra el “socialismo” y a favor del “capitalismo de libre empresa”, al que definió otra vez como el único sistema justo, eficiente y capaz de generar crecimiento.

El corazón del discurso fue moralizador. Milei construyó una especie de teología del mercado: justicia y eficiencia serían dos caras de la misma moneda, el mercado libre encarnaría los valores de la civilización occidental y el Estado aparecería como una desviación ética además de un problema económico. No habló sólo de impuestos y déficit; habló de una “crisis moral de Occidente” causada por políticas que llama socialistas, y de gobiernos que habrían traicionado los valores fundantes de la libertad. El capitalismo deja de ser un arreglo institucional discutible y pasa a ser una especie de mandato moral que no admite zonas grises.

Sobre ese altar acomodó su propio programa. Presentó el ajuste argentino como prueba empírica de sus tesis: caída del déficit, baja de la inflación, reducción del riesgo país, todo condensado en un relato de éxito temprano que los datos locales todavía discuten día a día. Davos funciona ahí como un tribunal que no verifica nada: escucha una narración sobre la Argentina como laboratorio del futuro y la acepta como gesto ideológico, no como balance material. Milei habla ante CEOs y funcionarios que no viven el aumento de tarifas, la recesión o los conflictos de presupuesto universitario; cuando menciona “sacrificios necesarios”, habla para un público que mide el sacrificio en riesgo financiero, no en changas, comedores o paritarias.

Hay, además, un gesto político más profundo. En un pasaje del discurso, Milei declaró “muerto” a Maquiavelo y se lanzó contra las ciencias sociales, a las que vuelve a acusar de relativismo moral y justificación de agendas estatistas. La frase resume un clima: el Presidente intenta borrar la política como arte de gestionar conflictos y diferencias, y la reemplaza por una ética de la convicción económica, donde el único cálculo legítimo es el de la teoría de juegos y la única prudencia válida es la del mercado. La paradoja es evidente para cualquiera que venga del mundo académico: el discurso está lleno de referencias a “batallas culturales”, “hegemonías” y “relatos”, categorías que nacen precisamente de esas ciencias sociales que él degrada mientras aplica sus conceptos.

La puesta en escena también habló. Milei habló después de Donald Trump, repitió la idea de América como faro de Occidente y se acomodó explícitamente en el campo de la derecha global. Pero el auditorio estaba lejos de la épica que intentó proyectar la comunicación oficial: crónicas y videos hablan de una sala semi vacía, una lectura trancada, errores de dicción y un clima distante. El contraste entre la ambición de hablar “en nombre de Occidente” y la cantidad real de butacas ocupadas condensa algo de la escena: el Presidente imagina un público histórico, pero termina hablándole sobre todo a su propia audiencia doméstica y a la burbuja ideológica que ya lo celebra en redes.

Si se mira desde la Argentina, el discurso deja una sensación doble. Milei reafirma su personaje internacional, coherente con el libreto que ya mostró: cruzada contra el socialismo, canonización del mercado, denuncia de la decadencia occidental y promesa de un renacimiento liderado por América. Al mismo tiempo, ese mismo Presidente vuelve a casa a discutir presupuestos universitarios, recortes en ciencia y choques con su propio Congreso, es decir, a lidiar con una sociedad concreta que no cabe en el esquema moral binario que llevó a Davos. La disonancia entre el sermón global y la intemperie local es, quizás, el dato más nítido que deja su nueva aparición en la nieve suiza.