por Mikel Viteri
El reciente posicionamiento del portaaviones USS George H.W. Bush (CVN-77) frente a la costa norte de Cuba no ocurre en el vacío. Llega tras un cambio profundo en el equilibrio político del Caribe, marcado por la captura de Nicolás Maduro, hecho que dejó a La Habana sin su principal aliado estratégico y proveedor energético.
Durante décadas, Cuba dependió del crudo y el fueloil venezolano para sostener su sistema eléctrico y parte de su economía. Con el corte total de esos envíos y el endurecimiento del cerco internacional, el régimen cubano enfrenta una de sus situaciones más delicadas desde el final de la Guerra Fría. En ese contexto, cualquier movimiento militar estadounidense en la región adquiere una carga política y simbólica considerable.
Según datos de rastreo marítimo, el USS George H.W. Bush se posicionó al norte del terminal petrolero de Matanzas, un punto crítico para la infraestructura energética de Cuba. Se trata de uno de los portaaviones más grandes y sofisticados de la Marina de Estados Unidos, capaz de desplegar decenas de aeronaves y miles de efectivos.
Hasta el momento, ni Washington ni La Habana han emitido comunicados oficiales explicando el objetivo del despliegue. Sin embargo, su ubicación —muy cercana a la costa cubana y a instalaciones estratégicas— es inusual y difícil de interpretar como un simple tránsito naval. Más que una amenaza directa, el movimiento parece diseñado como una señal de presión estratégica, en línea con la doctrina estadounidense de disuasión sin confrontación abierta.
El despliegue se suma a una presencia naval reforzada en el Caribe tras las operaciones recientes contra redes de narcotráfico y actores vinculados al antiguo régimen venezolano, consolidando un mensaje de control marítimo y vigilancia regional.

Aunque Estados Unidos no ha formulado contra Cuba acusaciones de narcoterrorismo similares a las dirigidas contra Caracas, la cercanía del portaaviones reduce aún más el margen de maniobra del gobierno de Miguel Díaz-Canel. El mensaje implícito es que el aislamiento cubano ya no es solo económico o diplomático, sino también estratégico.
- Mayor presión política interna, en un país ya afectado por escasez energética, inflación y malestar social.
- Gestos tácticos del régimen, como la liberación de presos políticos, ajustes regulatorios o señales de apertura controlada, con el objetivo de aliviar tensiones y ganar tiempo.

- Redefinición de alianzas, ante la imposibilidad de contar con el respaldo venezolano y la limitada capacidad de Rusia o China para compensar esa pérdida en el corto plazo.
No obstante, también es probable que el despliegue permanezca en el terreno de la disuasión simbólica, sin derivar en acciones directas. La estrategia estadounidense parece orientada a condicionar decisiones, no a provocar una escalada militar.