Amaba el black metal, salía con una travesti y jugaba "solo por el entrenamiento físico". Darío Dubois era un defensor aguerrido, desafió a la AFA con su maquillaje y expuso las miserias del fútbol de ascenso. Una lesión lo retiró sin cobertura médica y un asalto terminó con su vida a los 37 años. La historia del rebelde que el sistema intentó olvidar.
Darío Dubois nació el 2 de febrero de 1971 y desarrolló una carrera de más de una década en el ascenso profundo, vistiendo las camisetas de clubes como Yupanqui, Lugano, Midland, Deportivo Riestra, Laferrere, Cañuelas, Sacachispas y Victoriano Arenas. Disputó 146 partidos y marcó 13 goles, pero su legado va mucho más allá de las estadísticas.
Dubois no era un jugador convencional. "Para la A no existo, para el Nacional B no doy, en la B soy buen jugador, en la C soy muy bueno y en la D soy el mejor defensor", se autodefinía con una honestidad brutal.
Sin embargo, su verdadera pasión no estaba en la pelota, sino en la música. "El fútbol me gustaba como deporte, pero no me sentía identificado con las instituciones. Lo practicaba porque tenía un entrenamiento físico gratuito y servía para costear mi carrera de músico", explicaba.

Su momento de mayor exposición mediática llegó en 1998, defendiendo los colores de Midland. Inspirado por su amor al black metal y la estética de bandas como Kiss, decidió salir a la cancha con el rostro maquillado de blanco y negro.
"Esto me da polenta, vos te pintás la cara y salís a guerrear. Sé que los rivales se van a asustar, pero el reglamento no lo prohíbe", argumentaba. Durante 13 partidos, Dubois fue el terror visual de los delanteros rivales, hasta que la AFA, bajo el mandato de Julio Grondona, sacó una resolución especial prohibiendo el maquillaje. Un jugador de la D había logrado alterar el reglamento del fútbol argentino.
Su vida personal también desafiaba los prejuicios de un ambiente machista. "Yo salía con una travesti, que tenía un montón de pinturas. Sé que esto molesta porque el fútbol es muy fascista: pelito corto, bien empilchaditos, y yo soy metalero, croto, con cadenas y tachas, pero yo digo la verdad", declaraba sin tapujos.
La rebeldía de Dubois no era sólo estética; era ética. En 1995, jugando para Lugano, el plantel sufrió la falta de pago de un sponsor. Tras tres victorias sin ver el dinero prometido, Darío decidió tapar la publicidad de su camiseta con barro antes de salir a jugar. La dirigencia quiso suspenderlo, pero el mensaje llegó: el auspiciante pagó lo adeudado.
Otra anécdota imborrable ocurrió en un partido contra Excursionistas. El árbitro Juan Carlos Moreno lo expulsó y, al sacar la tarjeta roja, se le cayeron 500 pesos (o 1500, según la versión) del bolsillo.
Dubois, convencido de que el juez estaba arreglado, agarró los billetes y corrió hacia el vestuario perseguido por todos. Finalmente devolvió el dinero, no sin antes gritarle: "Este es el premio que vos me das por echarme. Con esa roja yo me quedaba sin cobrar, entonces me llevaba lo que él me estaba robando".

El ocaso de su carrera llegó en 2005 de la peor manera. Una rotura de ligamentos cruzados jugando para Victoriano Arenas lo dejó a la deriva. Ni el club ni la AFA se hicieron cargo de la operación. "Lo dejaron solo", recuerda con dolor su hermana Alejandra.
Retirado a la fuerza y trabajando como operador de sonido, el destino le tenía reservado un final trágico. En marzo de 2008, al salir de su trabajo en el conurbano bonaerense, fue víctima de un asalto. Se resistió y recibió balazos en las piernas y el estómago. Tras casi dos semanas de agonía, falleció el 17 de marzo a los 37 años.
El fútbol argentino, ese mismo sistema que él criticó y desafió, ignoró su muerte. Solo la hinchada de Midland realizó un minuto de silencio por su antiguo caudillo. Darío Dubois, el "payaso que se mataba por la camiseta", se fue como vivió: peleando contra la injusticia, fiel a su esencia y lejos de las luces que nunca le interesaron.