En Gattaca, la perfección genética no garantizaba el talento, pero sí reducía al mínimo el margen de error. En Minority Report, el crimen no se castigaba después de ocurrir, se anticipaba. La ciencia ficción lleva décadas obsesionada con la misma pregunta ¿Qué pasa cuando el azar empieza a ser calculado? Loterías genéticas, mapas de calor delictivo, productos humanos aplicados sobre lo que otrora era incontrolable. Nuevas fronteras donde decidir, optar, preferir. Lo que antes se encomendaba al destino, hoy se somete a cálculo. Los dioses no desaparecen. Cambian de forma.
Hace un tiempo volví a mirar tenis después de años sin hacerlo. Un deporte que practiqué y me introduje de chico inspirado en esa legendaria Legión Argentina de Nalbandian, Coria, Gaudio, Cañas, Chela y compañía. Después llegó la era que sobrevivió a todas las demás, la de Federer, Nadal y Djokovic. Un fenómeno prácticamente irrepetible. Casi nunca ocurre en ningún deporte que los tres mejores jugadores de la historia compartan época. Es casi imposible. Por eso durante años, el mundo del tenis se preguntó qué vendría después. Cuánto tiempo tardaría el circuito en llenar el vacío que dejaban tres jugadores que juntos conquistaron 66 títulos de Grand Slam.
Con uno todavía en actividad, la respuesta empieza a tomar forma. Pero, ¿y si Carlos Alcaraz y Jannik Sinner fueran los primeros grandes campeones modelados por la inteligencia artificial? No creados por una máquina, claro. Pero sí optimizados, entrenados y leídos bajo una lógica nueva, donde el talento ya no se impone solo por intuición, sino por decisiones asistidas por millones de datos.
A simple vista, ninguno parece un caso estadístico extraordinario en el rubro clásico del tenis: el primer saque. En 2025, Jannik Sinner gana el 92% de sus games al saque y Carlos Alcaraz el 87,6%. Dominio absoluto. Todo indicaría que la diferencia está ahí, en la potencia o la precisión inicial, pero cuando uno se acerca al dato fino, la lectura cambia.
No están ni cerca del top ten. No sacan mejor que el resto. Juegan mejor que el resto después de sacar mal. Ahí está la primera clave. Durante décadas, el segundo saque fue sinónimo de vulnerabilidad. Hoy, con Alcaraz y Sinner, es un arma estratégica.
No hay nadie que se les acerque en esta estadística. La pregunta ya no es quién tiene el mejor saque del mundo, sino quién convierte una desventaja en una posición neutra —o incluso ofensiva—. Esto no es puro instinto. Es selección de riesgos, patrones de colocación, lectura de respuesta rival. Es decir, información procesada.
El segundo gran dato es todavía más elocuente. Ambos lideran el circuito cuando no les toca sacar.
En términos simples: ganan uno de cada tres juegos con el saque del oponente. El resto del top 10 se mueve entre el 22% y el 26%. En puntos sobre segundo saque rival
Estos porcentajes son los que promediaban Federer, Nadal y Djokovic no a lo largo de toda su carrera, si no en sus mejores temporadas. Pero acá la diferencia es clave. Aquellos llegaron a ese nivel después de años de experiencia, lectura, aprendizaje y adaptación. Alcaraz y Sinner lo hacen desde el inicio de sus carreras, acompañados por una nueva herramienta que ya forma parte estable de los equipos técnicos y del modo en que hoy se piensa el juego.
Durante décadas, el tenis creyó en los magos. En jugadores capaces de torcer un partido por inspiración, por sensibilidad, por una lectura casi mística del punto. El talento se pensaba como un don. Algo que se tenía o no se tenía. Algo que aparecía en ciertos días y desaparecía en otros. Asi tuvimos a nuestro Mago, Guillermo Coria; a Marcelo Ríos, El Chino, casi un hechicero anárquico con una sensibilidad fuera de lo normal; Marat Safin, y su fuerza casi elemental; e incluso el coraje de Rafael Nadal fue muchas veces leído como un fenómeno físico más que como un cerebro superdotado.
La inteligencia artificial no entra al tenis en forma de un robot que pega derechas. No irrumpe en la cancha, no reemplaza al jugador ni borra la dimensión humana del juego. Entra de una manera mucho más silenciosa y, justamente por eso, más decisiva. En la lectura del juego.
Hoy la IA permite procesar miles de puntos, cruzar trayectorias, velocidades, alturas, decisiones previas y resultados posteriores para detectar patrones que el ojo humano no alcanza a ver o el cerebro no alcanza a procesar. No se trata solo de saber qué golpe conviene ejecutar, sino en qué contexto, con qué margen de riesgo y frente a qué tipo de respuesta probable. La preparación deja de apoyarse exclusivamente en la intuición o la memoria y empieza a ordenarse alrededor de probabilidades reales.
Eso cambia la lógica del entrenamiento y también la del partido. La toma de decisiones se vuelve más precisa. Se ajustan rutinas, se corrigen automatismos, se reducen errores que antes parecían inevitables. El foco ya no está puesto en sumar más potencia o más velocidad, sino en equivocarse menos que el rival.
El resultado no es un jugador más potente, sino uno más eficiente. Menos errores no forzados. Más puntos ganados en situaciones que antes se perdían por inercia. No es casual que Alcaraz y Sinner dominen justamente en los márgenes del juego, en el segundo saque, en la devolución, en los momentos frágiles del juego. Ahí donde el tenis solía depender del pulso o del coraje, hoy aparece la información.
La ciencia ficción imaginó atletas perfectos. El tenis produjo algo más interesante. Jugadores que saben exactamente dónde no equivocarse. Tal vez no sean los primeros campeones creados por la inteligencia artificial. Pero todo indica que son los primeros en ganar como si el futuro ya hubiera sido, en parte, calculado.