El calendario electoral de 2026 encuentra a Colombia con un sistema de partidos formalmente amplio, pero sustantivamente frágil. A medida que se activan consultas, alianzas y listas al Congreso, la discusión pública gira más alrededor de nombres, encuestas y cálculos de corto plazo que de propuestas de país. La abundancia de siglas contrasta con la escasez de programas reconocibles, lo que profundiza la distancia entre ciudadanía y representación.
Este fenómeno no es nuevo, pero adquiere mayor visibilidad en un contexto donde la política se organiza por ciclos electorales cada vez más breves. Los partidos operan como vehículos electorales antes que como espacios de elaboración ideológica, y priorizan la captación de avales, la negociación territorial y la supervivencia institucional por sobre la construcción de agendas de largo plazo.
La multiplicación de partidos con personería jurídica ha convertido al sistema en un mercado de identidades políticas intercambiables. Directorios regionales, liderazgos locales y estructuras clientelares pesan más que las plataformas nacionales, generando una lógica de coaliciones inestables que se arman y desarman según la cercanía al poder ejecutivo. En este esquema, la disciplina partidaria y la coherencia doctrinaria se vuelven excepciones.
Casos como el del Partido de la U ilustran esta dinámica: una organización que ha acompañado proyectos de gobierno ideológicamente disímiles sin redefinir su identidad. La ausencia de un relato propio lo transforma en un actor funcional al equilibrio parlamentario, pero irrelevante en términos programáticos, reforzando la percepción de que los partidos ya no estructuran la competencia política.
Votar por la U es creer en el trabajo comprometido, en las leyes que protegen la vida, la salud, el campo, a nuestros jóvenes y a las familias colombianas. Es respaldar un partido que convierte las palabras en resultados y que ha demostrado, con hechos, su compromiso con… pic.twitter.com/IIM1pQrLaO
— Partido de la U (@partidodelaucol) January 24, 2026
La consecuencia de este escenario es una oferta electoral que dificulta la rendición de cuentas. Sin programas claros, al electorado le resulta complejo evaluar gestiones pasadas o anticipar decisiones futuras. La política se reduce a promesas genéricas y narrativas emocionales, debilitando el vínculo entre voto y proyecto de país, y favoreciendo la volatilidad electoral.

De cara a 2026, el desafío no es solo quién ganará la presidencia, sino qué tipo de sistema político emergerá. Sin una reconstrucción mínima de identidades partidarias y sin debates sustantivos sobre desarrollo, Estado y modelo productivo, Colombia corre el riesgo de consolidar un sistema donde los partidos existen, pero la política -como espacio de ideas- queda vaciada.