La guerra en Ucrania transformó al mar Negro en uno de los espacios más sensibles del mapa europeo. Por allí circulan rutas esenciales para el comercio de granos, el abastecimiento energético y el movimiento naval, en una zona donde convergen intereses de Rusia, Europa oriental y la Organización del Tratado del Atlántico Norte. Lo que durante años fue visto como una periferia pasó a ser un punto neurálgico para la estabilidad del continente.
Este escenario se volvió aún más complejo con la incertidumbre generada por el repliegue relativo de Estados Unidos durante la presidencia de Donald Trump, que dejó en evidencia las dificultades europeas para sostener una política de seguridad autónoma en regiones estratégicas.
En un artículo de opinión reciente, Mustafa Aydin, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Kadir Has y presidente del Consejo de Relaciones Internacionales de Türkiye, sostiene que ninguna estrategia europea de seguridad en el mar Negro puede funcionar sin la participación activa de Türkiye.
La razón principal es estructural. Ankara controla los estrechos del Bósforo y los Dardanelos, el único acceso marítimo al mar Negro, regulado por la Convención de Montreux. Este acuerdo le permite limitar el paso de buques de guerra y actuar como regulador del equilibrio naval, un poder que se volvió decisivo desde el inicio del conflicto en Ucrania.
Según Aydin, Türkiye no solo posee una posición geográfica privilegiada, sino que además ha mantenido una política orientada a evitar la militarización externa de la región. En lugar de promover una presencia naval ampliada de potencias externas, Ankara prioriza soluciones regionales que reduzcan el riesgo de una confrontación directa entre Rusia y la Organización del Tratado del Atlántico Norte.

En ese marco, Türkiye logró desempeñar un rol de mediación entre Moscú y Kiev, facilitando negociaciones y acuerdos clave vinculados al comercio de granos. A esto se suma su creciente influencia en la industria de defensa, que la convirtió en un socio relevante para varios países europeos.
El mensaje de fondo del análisis es claro: pensar la seguridad europea en el mar Negro sin Türkiye implica ignorar al actor que controla los accesos, mantiene canales abiertos con todas las partes y posee capacidad real para moderar la escalada del conflicto.
En un contexto de guerra prolongada y redefinición del orden internacional, el mar Negro se consolidó como una frontera estratégica de Europa. Y Ankara, más allá de las tensiones políticas, aparece como una pieza central del nuevo equilibrio continental.