Las marchas registradas en La Habana contra las declaraciones de Donald Trump se inscriben en una lógica histórica donde la política exterior y la gobernabilidad interna cubana se retroalimentan. Cada gesto de confrontación con Washington activa reflejos políticos profundamente arraigados, que priorizan la movilización simbólica como forma de reafirmar autoridad y cohesión social. En un contexto de fragilidad económica, la calle vuelve a ser un escenario clave para proyectar control y continuidad.
El gobierno cubano entiende que las amenazas provenientes del sistema político estadounidense no operan solo en el plano diplomático, sino también en el psicológico y social. Por eso, la respuesta no se limita a comunicados oficiales: se traslada al espacio público, donde el Estado conserva una capacidad organizativa difícil de igualar en la región. La protesta funciona así como mensaje preventivo frente a escenarios políticos todavía no concretados.
Más allá de su carácter masivo, la manifestación cumple una función interna decisiva: reordenar el clima político en un momento de desgaste social acumulado. La narrativa oficial desplaza el foco de la crisis cotidiana hacia un enemigo externo reconocible, reforzando una lógica de resistencia que históricamente ha permitido al poder central recomponer márgenes de legitimidad. El conflicto con Estados Unidos vuelve a ofrecer un marco explicativo totalizante.
Este uso político de la movilización no es improvisado. Forma parte de un repertorio probado que combina épica, disciplina y control del espacio público. Al mismo tiempo, evidencia los límites del modelo: la capacidad de convocar no se traduce automáticamente en soluciones materiales. La marcha ordena el relato, pero no resuelve la escasez ni la incertidumbre económica que atraviesa a amplios sectores de la población.
Tonight tens of thousands of Cubans fill the streets of Havana to protest in defiance of Trump’s threats to invade & blockade all fuel shipments. Cubans are willing to resist and defend their homeland at all costs. pic.twitter.com/ygkNF2FV4F
— Manolo De Los Santos (@manolo_realengo) January 28, 2026
En el plano internacional, la protesta busca condicionar futuras decisiones en Washington, especialmente si el liderazgo estadounidense vuelve a girar hacia una política de máxima presión. Cuba intenta dejar asentado que cualquier deterioro adicional tendrá responsables externos claramente identificables. Esta anticipación discursiva funciona como un seguro político frente a eventuales shocks económicos o diplomáticos.
Ella es Sonia Quesada, una señora que participó en las protestas del 11/7/21 en Cuba, dedica palabras a Trump.
— Mayra Dominguez (@MayraDo57466678) January 6, 2026
Por CubaNet pic.twitter.com/3GrqgCUryK
Sin embargo, el costo de esta estrategia es creciente. A medida que la crisis se prolonga, la eficacia de la movilización como válvula de contención se reduce. La pregunta central ya no es si Cuba puede llenar las calles, sino cuánto tiempo puede sostener la cohesión social sin respuestas estructurales. En ese equilibrio inestable se juega el verdadero alcance político de la protesta.