En el corazón de Londres, una ceremonia con raíces medievales marcó un giro histórico para la Iglesia de Inglaterra. Sarah Mullally quedó confirmada oficialmente como arzobispo de Canterbury tras un antiguo rito legal y religioso celebrado en la Catedral de San Pablo, un escenario cargado de simbolismo para el anglicanismo y el Estado británico.
Lejos de una simple misa, el templo fue transformado en un tribunal eclesiástico para la llamada Confirmación de Elección, el acto que convierte formalmente a un arzobispo electo en titular del cargo. Allí, Mullally juró lealtad ante altos obispos que actuaron como Comisionados Reales, en representación de Rey Carlos III, quien ejerce como Gobernador Supremo de la Iglesia de Inglaterra.
El rito, que conserva elementos del derecho canónico medieval, refleja la singular relación entre religión y poder en el Reino Unido, vigente desde que Enrique VIII rompió con Roma en el siglo XVI. Aunque el texto ha evolucionado con los siglos y hoy se celebra en inglés, su estructura legal permanece casi intacta.
Con esta confirmación, Mullally no solo se convierte en la máxima autoridad espiritual de la Iglesia de Inglaterra, sino también en una figura central de la Comunión Anglicana, que reúne a cerca de 85 millones de fieles en más de 160 países. Durante el servicio, esa diversidad quedó reflejada en lecturas bilingües, coros escolares y música que combinó tradiciones europeas y africanas.
En su primer mensaje oficial como arzobispo, Mullally habló de un “ministerio de hospitalidad” en un mundo atravesado por divisiones, y asumió el desafío de reconstruir la confianza tras los escándalos que golpearon a la Iglesia en los últimos años. También prometió escuchar especialmente a quienes fueron ignorados, incluidas las víctimas de abusos dentro de la institución.
Su nombramiento, anunciado en octubre para reemplazar a Justin Welby, no estuvo exento de controversias. Sectores conservadores del anglicanismo global cuestionaron su designación por oponerse a la ordenación de mujeres y por las diferencias internas sobre diversidad sexual, un debate que sigue abierto dentro de la Iglesia.

Welby condujo la Iglesia en años de fuerte polarización interna, con discusiones sobre el rol de las mujeres, las relaciones LGBTQ+ y el manejo de denuncias por abusos, temas que deterioraron la confianza pública en la institución. Su salida abrió un proceso de sucesión observado de cerca tanto por el clero como por la Comunión Anglicana, que agrupa a millones de fieles en todo el mundo.
La próxima etapa llegará en marzo, cuando Mullally sea entronizada en la Catedral de Canterbury y predique su primer sermón público como arzobispo. Será entonces cuando comience formalmente un liderazgo que combina continuidad institucional y un cambio histórico sin precedentes.