En el papel, la idea de tener una historia que transcurre en una cárcel o que involucre un plan de escape, es cuanto menos, atractiva. A la mayoría de los espectadores les entretiene la idea de empatizar por un rato con los criminales que tienen que hacer lo posible por evadir a la ley y salir sanos y salvos. Por eso funcionó muy bien una serie como Prison Break (al menos en su primera temporada) y por eso la mayoría de las listas tienen a Sueños de libertad como una de las mejores películas de la historia. Sin embargo, las personas que tienen que poner la plata se lo piensan dos veces cuando les llega un libreto de estos.
Basta con hacer un repaso por las 200 películas más taquilleras de la historia: ninguna transcurre en una cárcel ni está atravesada por la temática. En principio, no en una cárcel real, porque podemos hablar de Guardianes de la galaxia o Deadpool 2, que tienen secuencias en prisiones de fantasía, pero no cumplen con la consigna planteada. Milagros inesperados, de 1999, es la película carcelaria más taquillera de la historia con una recaudación cercana a los 290 millones de dólares, muy lejos de los 600 que hizo La vida de Pi, que hoy ocupa el 200º lugar de las películas que más plata recaudaron en boleterías en la historia. Hay hasta un artículo de Vanity Fair de 2014 sobre Sueños de libertad que afirma que las películas carcelarias no suelen ser muy rentables.

Pero más allá del rendimiento en taquilla de estas películas, que tienen por ejemplo a Sing sing como una de los estrenos más recientes (y apenas recaudó poco más de 5 millones), hay una razón por la que no se hacen tantas películas carcelarias que, a priori, no es tan evidente. Se trata de una razón vinculada al departamento comercial. Y va más allá del problema de hacer y vender juguetes o productos asociados a sus personajes.
Estamos hablando del product placement, una práctica histórica de la industria cinematográfica que se ha utilizado tanto para financiar películas como para directamente abaratar costos de diferentes departamentos que trabajen en una producción. De hecho, si es difícil que algunas marcas permitan ser asociadas a villanos, como ya te contamos sobre la “regla de Apple”, porque quieren ser vinculadas a momentos alegres y de éxito, hay otro problema más conectado con el verosímil en el que se desarrollan las películas: no hay contexto de consumo.

El éxito del product placement radica en ser ubicado de la forma más sutil y natural posible. Por eso podemos ver a un personaje tomando una cerveza con su etiqueta prolijamente apuntada a cámara, o un primer plano de un logo de una cadena de automóviles entrando a escena, que no va a sonar tan terrible. No es incómodo que nos muestren al protagonista mirar su reloj de marca para corroborar que el plan de turno esté yendo acorde a lo esperado. No es raro ver a un personaje haciendo las compras en un supermercado.
Pero así como las posibilidades de product placement son infinitas en la mayoría de las películas, para los filmes carcelarios el mundo se achica un montón. Los uniformes de los presos no son de marca, no suelen tener acceso a tecnología a no ser que sea de contrabando y a lo sumo los vemos hacer transacciones con cigarrillos como moneda de pago. Justo en un mundo en el que las empresas quieren mostrar cada vez menos a la gente fumando. Y en una industria en la que el product placement como forma de financiación está en alza, que haya limitaciones circunstanciales ineludibles hace que los estudios prefieran apostar a otros proyectos más seguros.