El vínculo entre el Gobierno de Gustavo Petro y el movimiento indígena ingresó en una fase distinta, menos marcada por la confrontación inicial y más por la disputa sobre cómo se ejerce el poder dentro del Estado. Tras años de exclusión estructural, la presencia indígena en cargos estratégicos dejó de ser una excepción simbólica y comenzó a leerse como parte de un rediseño institucional más amplio, aunque todavía incompleto.
Para las organizaciones indígenas, el punto de partida no fue la llegada de funcionarios al Ejecutivo, sino la posibilidad de incidir en decisiones que afectan directamente a sus territorios. La expectativa no se concentra en el gesto político, sino en la capacidad efectiva de transformar normas, presupuestos y jerarquías que históricamente funcionaron sin su participación directa.
La implementación de las Entidades Territoriales Indígenas aparece como el eje estructural de esta nueva etapa. No se trata solo de reconocimiento cultural, sino de habilitar competencias administrativas, fiscales y políticas que permitan a los pueblos indígenas ejercer gobierno propio dentro del marco estatal. Este avance, largamente postergado, implica redefinir la relación entre el centro y los territorios.
Sin embargo, el proceso no está exento de tensiones. Dentro del propio movimiento indígena existen debates sobre los ritmos, los alcances y los riesgos de institucionalizar la autonomía. Mientras algunos sectores ven una oportunidad histórica para consolidar poder real, otros advierten que el Estado puede absorber o diluir esas estructuras si no se garantizan reglas claras y recursos sostenidos.

El desafío central para el Gobierno es demostrar que la inclusión indígena no depende de coyunturas políticas ni de figuras individuales. La alta rotación ministerial y las disputas internas del oficialismo generan dudas sobre la continuidad de las políticas y la solidez de los compromisos asumidos. La gobernabilidad se juega menos en los discursos y más en la ejecución.

Para el movimiento indígena, la etapa que se abre es de acompañamiento crítico. La mayor presencia en el Estado es vista como un avance innegable, pero también como una prueba. Si la participación no se traduce en resultados concretos en salud, educación, tierra y protección ambiental, el riesgo es que el proceso quede reducido a una inclusión formal sin impacto estructural.