Durante meses, el flujo de petróleo y diésel desde México funcionó como un sostén silencioso para el sistema eléctrico cubano, acosado por apagones y fallas estructurales. La ayuda permitió evitar un colapso total, pero también desplazó el problema hacia otro terreno: la falta de pagos claros y verificables por parte de la Isla. A medida que el volumen de envíos creció, también lo hizo la pregunta que hoy domina el debate en Ciudad de México: quién asume el costo real de ese combustible.
El tema dejó de ser técnico cuando comenzaron a circular estimaciones que ubican la deuda cubana en torno a 1.500 millones de dólares por crudo y diésel recibidos en 2025. La cifra, discutida pero no desmentida oficialmente, puso en evidencia la fragilidad del esquema utilizado y la ausencia de contratos transparentes. En un contexto de presión fiscal interna, el apoyo energético pasó de gesto solidario a riesgo político para el gobierno mexicano.
Buena parte del conflicto se explica por la forma en que se estructuraron los envíos. Una porción fue presentada como donación o cooperación, mientras que otra habría sido registrada como venta sin un cronograma de pagos definido. Esa ambigüedad abrió un frente delicado: la pérdida de ingresos fiscales para México y la dificultad de exigir cobros sin admitir errores administrativos. Para Pemex, ya golpeada por su propia situación financiera, el caso cubano se convirtió en un problema adicional.
Desde La Habana, el silencio oficial refuerza la incertidumbre. El gobierno cubano evita reconocer la deuda en términos explícitos y se limita a insistir en la relación histórica entre ambos países. Sin embargo, la reducción de envíos sugiere que el margen de confianza se agotó. La interrupción parcial del suministro no solo afecta a la generación eléctrica, sino que expone la dependencia externa de la Isla en un momento crítico.

La pausa de los embarques ocurre en un entorno internacional más hostil. México busca preservar su política exterior autónoma sin tensar de más la relación con Estados Unidos, que observa con recelo cualquier apoyo sostenido a Cuba. En ese equilibrio, mantener envíos sin pago claro implica asumir un costo diplomático creciente, justo cuando la región enfrenta redefiniciones estratégicas.

Para Cuba, el episodio confirma un patrón recurrente: la dificultad de sostener alianzas energéticas estables sin capacidad financiera. El respaldo mexicano alivió la emergencia, pero no resolvió el problema estructural. Con menos petróleo disponible y una deuda que condiciona futuras negociaciones, La Habana queda atrapada entre la urgencia interna y un escenario externo cada vez más restrictivo.