La llegada de Hugo Chávez al poder en Venezuela en 1999 coincidió con un giro histórico en el mercado petrolero global. Tras una década de precios deprimidos —cuando el barril oscilaba entre los 6 y 10 dólares—, el crudo inició una escalada que lo llevaría a superar los 100 dólares durante los años 2000. Ese cambio no solo transformó las finanzas venezolanas: redefinió el equilibrio político y económico del Caribe, con Cuba como principal beneficiaria estratégica.
Para La Habana, el colapso soviético había significado el fin abrupto de su principal sostén externo. El llamado "Período Especial" dejó en evidencia la inviabilidad estructural del modelo socialista cubano sin subsidios externos. Escasez energética, parálisis industrial y deterioro social marcaron los años noventa. En ese contexto, Venezuela emergió como un sustituto casi perfecto de la antigua URSS, esta vez bajo una lógica ideológica compartida y con el petróleo como moneda central.
Desde el año 2000, Caracas comenzó a suministrar a Cuba decenas de miles de barriles diarios de petróleo en condiciones preferenciales. El esquema no se basó en un intercambio comercial clásico, sino en acuerdos políticos: crudo venezolano a cambio de servicios profesionales cubanos, principalmente médicos, técnicos y asesores. En su punto más alto, los envíos superaron los 90.000 barriles diarios, cubriendo una porción sustancial de la demanda energética de la isla.
Este flujo permitió a Cuba evitar un nuevo colapso energético y sostener el funcionamiento mínimo del Estado. La generación eléctrica, el transporte y sectores industriales clave dependieron durante años de ese petróleo subsidiado o financiado a largo plazo. Más que un alivio coyuntural, se trató de un subsidio estructural que compensó la ineficiencia crónica del sistema productivo cubano y postergó ajustes que el modelo no estaba dispuesto a asumir.

El impacto de la alianza fue profundamente político. Sin el respaldo energético venezolano, el régimen cubano difícilmente habría sobrevivido un cuarto de siglo adicional tras el fracaso de los años noventa. El petróleo permitió mantener niveles básicos de control social, empleo estatal y servicios públicos, incluso en ausencia de crecimiento económico real. En términos históricos, Venezuela no solo proveyó energía: compró tiempo.
A cambio, Cuba aportó know-how político, cuadros técnicos y apoyo estratégico al chavismo, primero con Chávez y luego con Nicolás Maduro. La relación fue asimétrica pero funcional: mientras Venezuela exportaba recursos, Cuba exportaba gobernabilidad y experiencia en control del poder. Ese intercambio consolidó un eje político que se sostuvo mientras el petróleo fluyó.

La situación actual de Nicolás Maduro introdujo cambios relevantes en la dinámica política y energética que había sostenido la alianza entre Venezuela y Cuba durante más de dos décadas. A partir de este momento, los flujos petroleros venezolanos comenzaron a operar bajo un esquema de mayor supervisión externa, con Estados Unidos jugando un rol central en la reorganización de exportaciones y mecanismos financieros. Este proceso abre una etapa de transición.
En ese contexto, los envíos preferenciales a Cuba desaparecieron dentro de la nueva ecuación. Este giro puso en evidencia la fuerte dependencia de la economía cubana del petróleo venezolano. La reducción del suministro coincidió con un escenario interno ya complejo en la isla, agravando tensiones energéticas y económicas acumuladas. Al mismo tiempo, el cambio en Caracas marcó un desplazamiento del uso del petróleo como herramienta de alianza ideológica hacia una lógica más pragmática y geopolítica.

Para Cuba, esto supone el cierre gradual de una etapa excepcional, en la que el respaldo externo permitió sostener el sistema, y la apertura de un período en el que las respuestas deberán apoyarse cada vez más en decisiones y capacidades internas.