Entre edificios reducidos a escombros, temperaturas bajo cero y soldados exhaustos, Stalingrado se transformó en el escenario de uno de los enfrentamientos más brutales de la historia contemporánea. Lo que comenzó como una ofensiva estratégica terminó convirtiéndose en una batalla de desgaste total que marcaría un punto de no retorno en la Segunda Guerra Mundial.
La ciudad, ubicada a orillas del río Volga, tenía un enorme valor simbólico y estratégico. Controlarla significaba interrumpir una vía clave de transporte interno soviético y asegurar el flanco oriental de la ofensiva alemana hacia los campos petroleros del Cáucaso, fundamentales para sostener la maquinaria de guerra nazi. Además, llevaba el nombre de Iósif Stalin, lo que le otorgaba una carga política adicional.
La ofensiva alemana sobre Stalingrado se inició en agosto de 1942, como parte de la operación para dominar el sur de la Unión Soviética. Los bombardeos iniciales destruyeron gran parte de la ciudad y causaron miles de muertes civiles. Sin embargo, lejos de rendirse, las fuerzas soviéticas organizaron una defensa férrea que convirtió cada calle, fábrica y sótano en un campo de batalla.
El combate urbano alcanzó niveles inéditos. Las tropas luchaban cuerpo a cuerpo, a menudo separados por apenas unos metros. La destrucción era tal que los mapas dejaban de ser útiles, y el control de un edificio podía cambiar de manos varias veces en un mismo día. Las condiciones sanitarias eran extremas y el suministro de alimentos y municiones, irregular.
Con la llegada del invierno, la situación empeoró dramáticamente. El frío paralizó equipos, agravó enfermedades y redujo la movilidad. En noviembre de 1942, el Ejército Rojo lanzó una contraofensiva cuidadosamente planificada que logró rodear al Sexto Ejército alemán. La maniobra aisló a más de 250.000 soldados, dejándolos sin líneas de abastecimiento.

A pesar de la evidencia del desastre inminente, Adolf Hitler prohibió cualquier intento de retirada. La orden de resistir hasta el final selló el destino de las tropas atrapadas. Los intentos de abastecimiento aéreo fracasaron y el hambre, el frío y las enfermedades comenzaron a causar más bajas que los combates.
Hacia fines de enero de 1943, la resistencia alemana estaba colapsada. El 1 de febrero, gran parte de las fuerzas ya había dejado de combatir, y al día siguiente se produjo la rendición definitiva. Más de 90.000 soldados alemanes fueron capturados, incluidos altos oficiales, algo sin precedentes para el ejército nazi hasta ese momento.
Las pérdidas humanas fueron colosales. Se estima que más de un millón de personas, entre muertos, heridos y prisioneros de ambos bandos, quedaron fuera de combate. Stalingrado se convirtió así en la batalla más sangrienta de la historia moderna y en un símbolo del costo extremo de la guerra total.
El impacto estratégico fue inmediato. La derrota marcó el fin de la expansión alemana hacia el este y transfirió la iniciativa militar de manera definitiva al bando soviético. A partir de Stalingrado, el Ejército Rojo avanzaría de forma sostenida hasta llegar a Berlín en 1945. Stalingrado, hoy llamada Volgogrado, sigue siendo un emblema de resistencia, sacrificio y del momento exacto en que el curso de la guerra comenzó a inclinarse de manera irreversible.