01/02/2026 - Edición Nº1090

Opinión


El monólogo guionado

Es la comunicación, cobarde

01/02/2026 | Pagamos fortunas por teléfonos de última generación para evitar hablar. Rechazamos llamadas, enviamos audios eternos y confundimos conexión con monólogo.



Pagamos USD 2.000 por un iPhone 17 que usamos para hacer exactamente lo mismo que un walkie-talkie de juguete: hablar sin que nadie nos responda. Rechazamos llamadas como si fueran órdenes de captura, pero grabamos monólogos de ocho minutos. Esto no es sobre tecnología. Es sobre quiénes nos estamos convirtiendo.

Hay algo roto en nosotros.

No es el teléfono. No es la app. No es la calidad de la señal ni la velocidad del 5G. Es algo mucho más profundo, mucho más vergonzoso de admitir.

Una llamada telefónica, hoy, es una agresión. Ver el nombre de alguien en la pantalla cuando suena el teléfono genera la misma reacción que una citación judicial. El corazón se acelera. La mente busca excusas. "¿Qué querrá?", "¿Por qué no mandó mensaje primero?", "¿Quién carajo se cree que es para llamarme así, sin aviso?".

Pero ese mismo humano que rechaza la llamada, se sienta cinco minutos después a grabar un audio de seis minutos y medio. Explicando su día. Contando un chisme. Desarrollando una teoría sobre por qué su jefe es un psicópata. Sin pausar para respirar. Sin preguntarse si el otro tiene tiempo, ganas, o batería para escucharlo.

No es contradicción. Es diseño. Es lo que elegimos ser.

Hace veinte años los odiábamos

¿Te acordás de los tipos de Nextel? Esos ejecutivos de logística o vendedores de electrodomésticos que invadían restaurantes, colectivos, salas de espera con su "¡PRIP! ¿Dónde estás?". Los odiábamos. Representaban todo lo que estaba mal: la invasión del espacio público, la falta de respeto, el capitalismo sin modales gritando en tu oído mientras
intentabas cenar.

Nos burlábamos de ellos. Juramos que jamás seríamos así.

Mentimos.

Hoy caminamos por la calle hablándole al teléfono. Grabamos audios en el subte. Metemos nuestros dramas familiares en el grupo de padres del colegio. La diferencia es cosmética: el aparato ahora es de aluminio aeroespacial y cristal de zafiro, cuesta USD 2.000, y lo llamamos "estar conectado".

Pero hay algo peor. El tipo del Nextel al menos necesitaba que el otro 'estuviera ahí'. Había sincronía. Había presencia compartida, por incómoda que fuera.

El audio de WhatsApp eliminó hasta eso. Es comunicación sin riesgo. Relación sin consecuencias. Intimidad en diferido. El triunfo absoluto del monólogo sobre el diálogo.

Por qué huimos

Una llamada telefónica es ahora. Dos personas obligadas a coexistir en el mismo momento temporal. A reaccionar. A improvisar. A mostrarse sin filtro ni edición. No hay borrador. No hay tres intentos hasta que la frase suene perfecta. No hay pausa para googlear la respuesta correcta o consultar con tu terapeuta si lo que estás por decir es emocionalmente inteligente.

Una llamada es vulnerable. Es real. Es dos humanos en bruto.

Por eso la evitamos.

El audio, en cambio, es control total. Grabás, te escuchás, borrás, regrabás. Ajustás el tono. Eliminás el titubeo. Pulís cada segundo hasta que suene espontáneo. Es la mentira perfecta: la ilusión de inmediatez con toda la seguridad del guion.

Y después nos quejamos de que la gente "no se comunica". Nos quejamos de la soledad. De la desconexión. Del aislamiento. Sin darse cuenta de que nosotros mismos construimos, audio por audio, el muro que nos separa.

Argentina, laboratorio del absurdo

Algo en la psiquis argentina hace que este fenómeno se potencie. Somos el país del "tenemos que hablar" que nunca sucede. Del psicoanálisis infinito. Del vincularizarnos sin comprometernos. Del decir todo sin bancar nada.

El audio de WhatsApp es nuestro deporte nacional. Lo usamos para TODO. Para decir "llegué". Para confirmar un horario. Para desarrollar teorías sobre por qué la inflación es culpa de Malvinas. Para contar que compramos zapatos. Para leer en voz alta un artículo que vimos en Instagram.

Y después, cuando alguien nos manda un audio de cinco minutos, lo escuchamos en 2x mientras scrolleamos X (ex-Twitter), como si el otro fuera un podcast aburrido que tenemos que terminar por obligación social.

No es tecnología. Es carácter. Es quiénes decidimos ser cuando nadie nos obliga a dar la cara.

El círculo idiota

Samuel Morse inventó el telégrafo en 1837. Punto, raya, espacio. Ráfagas de información. Comunicación asincrónica. Era revolucionario para su época, pero tenía un problema obvio: no podías hablar. No podías escuchar al otro. Era frío, distante, limitado.

Después vino el teléfono y fue una explosión de humanidad. ¡Podíamos conversar! ¡Escuchar la voz del otro! ¡Reírnos juntos, llorar juntos, discutir en tiempo real!

Pasaron 188 años. Pusimos computadoras en el bolsillo. Conectamos siete mil millones de personas. Invertimos trillones de dólares en infraestructura, en satélites, en procesadores que pueden simular el universo.

¿Para qué?

Para volver al telégrafo.

Para volver a las ráfagas de información. A la comunicación en diferido. A la ausencia del otro.

Solo que ahora viene con pantalla OLED y procesador A18 Bionic.

El Nokia 1100 vendió 250 millones de unidades. Fue el teléfono más vendido de la historia. Hacía llamadas y tenía linterna. Eso era todo. Y era suficiente.

Hoy tenemos dispositivos que podrían aterrizar un cohete en Marte, pero los usamos para evitar exactamente lo que ese Nokia hacía mejor: conectarnos de verdad.

A dónde vamos

No estamos cambiando cómo nos comunicamos. Estamos cambiando qué significa comunicarse.

Comunicación era encuentro. Ahora es transacción.

Era riesgo compartido. Ahora es performance unilateral.

Era presencia. Ahora es apenas la ilusión de contacto.

Estamos criando humanos que van a sudar ante una llamada de su mejor amigo, pero que van a grabar audios de diez minutos para desconocidos. Que van a poder hacer presentaciones frente a cien personas, pero que van a temblar ante la posibilidad de improvisar treinta segundos sin editar.

Y lo triste no es que no sepamos comunicarnos. Es que elegimos no hacerlo. Porque comunicarse de verdad implica estar disponible para el otro. Y estar disponible para el otro implica dejar de ser el protagonista absoluto de tu propia narrativa por un segundo.

Implica riesgo. Implica dar la cara. Implica que te vean sin maquillaje emocional.

Por eso huimos.

Si mañana se cae WhatsApp

¿Cuántos de nosotros seríamos capaces de levantar el teléfono y hablar?

¿Cuántos podríamos sostener una conversación sin el botón de pausa? ¿Sin la opción de regrabar? ¿Sin la posibilidad de fingir que "justo estábamos ocupados"?

No le huimos a la tecnología. Le huimos a lo humano. A lo imperfecto. A lo vulnerable. A lo real.

Pagamos USD 2.000 por un teléfono que tiene más poder de procesamiento que toda la NASA en 1969, y lo usamos para evitar exactamente lo que el teléfono fue inventado para hacer: escuchar a otro ser humano en tiempo real.

El iPhone 17 tiene tres cámaras, inteligencia artificial, sensores biométricos, conectividad satelital.

El Nokia 1100 tenía linterna.

Al menos con la linterna encontrabas las llaves.

Con el audio de ocho minutos de tu tía, solo perdés la paciencia y la dignidad de pretender que esto es progreso.