La Naciones Unidas desplegará en los próximos días su primer equipo de supervisión del alto el fuego en la República Democrática del Congo, un paso clave para intentar estabilizar una de las regiones más castigadas por la violencia en África central. El anuncio fue realizado por Qatar, anfitrión y mediador de las conversaciones directas entre el gobierno congoleño y el grupo rebelde AFC/M23.
El equipo se instalará en Uvira, una ciudad estratégica del este del país que en diciembre fue tomada por los rebeldes durante una ofensiva relámpago. A comienzos de enero, fuerzas gubernamentales y milicias aliadas retomaron el control, luego de que el grupo armado anunciara su retirada. La elección del lugar no es casual: Uvira funciona como corredor logístico y político en la provincia de Kivu del Sur, una zona históricamente atravesada por conflictos.
Según la cancillería qatarí, las partes acordaron términos de referencia detallados para poner en marcha el mecanismo de monitoreo previsto en un entendimiento alcanzado en octubre y reafirmado en un acuerdo más amplio firmado en noviembre. La misión tendrá como objetivo verificar el cumplimiento del cese del fuego, facilitar la comunicación entre los actores y reducir el riesgo de nuevas escaladas.
El avance llega en paralelo a gestiones diplomáticas separadas impulsadas por Estados Unidos entre el Congo y Ruanda. Kinshasa y varias potencias occidentales sostienen que Kigali respalda al M23, una acusación que el gobierno ruandés niega de forma reiterada. La dimensión regional del conflicto explica el involucramiento de múltiples mediadores y la atención internacional sobre el proceso.

Vista panorámica de la ciudad estratégica en el este del país, ubicada junto al lago Tanganica y escenario clave de recientes negociaciones de paz.
A pesar del impulso político, la violencia no se ha detenido por completo. Durante el fin de semana, autoridades congoleñas denunciaron ataques con drones cargados de explosivos contra el aeropuerto de Kisangani, en el noreste del país. De confirmarse la autoría del M23, se trataría del ataque más occidental atribuido al grupo en su actual ofensiva contra el gobierno de Kinshasa.
El conflicto en el este del Congo tiene raíces profundas. Desde finales de la década de 1990, la región ha sido escenario de guerras, insurgencias y disputas por el control de recursos minerales estratégicos. El M23, surgido de antiguas rebeliones y reactivado en los últimos años, logró en 2024 y 2025 avances territoriales inéditos, lo que encendió alarmas por el riesgo de una conflagración regional.
El despliegue de observadores internacionales busca convertir los acuerdos en hechos sobre el terreno. Si el monitoreo logra consolidarse y las partes respetan los compromisos, podría abrirse una ventana para negociaciones más amplias y duraderas. Sin embargo, los episodios recientes muestran que la paz en el este congoleño sigue siendo frágil y dependerá tanto de la voluntad local como del sostén internacional.