En la sección Hace Memoria con Chiche Gelblung, Ariel Staltari visitó El Living de NewsDigitales para repasar una vida atravesada por el arte, la enfermedad, el trabajo y la memoria afectiva. Actor, guionista y docente, nacido y criado en Ciudadela, hijo y nieto de churreros, el artista construyó una carrera reconocida en la televisión, el cine y el teatro argentino, con hitos como Okupas, Un gallo para Esculapio, El Marginal y El Eternauta, sin abandonar nunca un perfil bajo ni el vínculo con su origen.
Desde el comienzo, el artista dejó claro que su camino no fue lineal ni glamoroso. “Yo me hice actor la vida, que la vida te va empujando, te va llevando para esos rincones”, afirmó, antes de situar un punto de quiebre decisivo: la enfermedad. “A los 25 yo venía de una leucemia. Era muy grave, muy grave. En el año 2000 era sinónimo de ‘está frito’”.
Ese tránsito por la enfermedad fue, paradójicamente, el motor de su vocación. “Dije: basta, empezar a hacer las cosas que tengo ganas de hacer. No me voy a postergar”, recordó. La decisión concreta fue estudiar teatro con Lito Cruz: “Cuando entré al estudio de Lito y vi el escenario, dije: era acá. Cómo perdí tanto tiempo, por qué no vine antes. Yo ya era feliz ahí, no me hacía falta nada más”.
En escena, Staltari despliega un virtuosismo físico y vocal que asombra. En su unipersonal encarna decenas de personajes sin más recursos que el cuerpo y la voz.
“Hago 40 personajes, 40 personajes en un unipersonal frenético. Yo estoy solito, solamente con la cara y la voz, cambiando posturas corporales, las voces y las texturas psicológicas y emocionales”.
Y agregó, sin dramatizar: “Es medio esquizofrénico, pero entrás en el código y ya esperás que aparezcan los personajes”.
Entre esos personajes, uno ocupa un lugar central: su padre. “Mi papá tiene una conexión directa con mi padre verdadero, porque hago su voz, imito su voz”, contó. La emoción aparece sin subrayados cuando recuerda una función a la que asistió su padre tras una internación crítica. “Yo lo tuve muy mal hace un año, estuvo en terapia intensiva a punto de partir. Cuando vino a ver la obra y veía que la gente se reía en la parte donde aparecía él, fue muy fuerte”.

Ese anclaje familiar no es una pose. “Me gusta seguir manteniendo ese pibe de barrio, sencillo, hijo de laburantes”, sostuvo. Y fue más preciso: “Soy hijo de churreros, de comerciantes. Tengo mucha conciencia con respecto al laburante de a pie”.
A pesar de haber protagonizado y escrito algunas de las ficciones más influyentes de las últimas décadas, Staltari desconfía del brillo.
“Cuando estoy arriba de un escenario o delante de una cámara, me convierto y soy lo que tengo que ser. Pero cuando eso se apaga, nada de lo que rodea eso me gusta. Nada”.
Y remató: “Show off, casi nada. No tengo filtro de artista”.
Ese desapego también se explica por la fragilidad que atravesó. “Pedí morir, pedí fuertemente morir, porque la estaba pasando muy mal”, confesó sobre los momentos más duros de la enfermedad. Recordó el Hospital Posadas con gratitud: “Ahí nací yo y veinte y pico de años después me salvaron la vida. Es un gran hospital, con todas las dificultades de la salud pública”.
Hubo etapas de silencio y de teléfonos que no sonaban. “Después no me llamaba más nadie. Y tuve que volver a trabajar en un comercio, o a lo que sea para ganar mi dinero”, relató. La reconstrucción fue lenta y sin atajos. “Entendí que tenía que empezar de nuevo, hacer bolitos y participaciones”. Así llegó El Puntero, el reencuentro con Bruno Stagnaro y una nueva etapa creativa.
Sobre su rol como guionista, fue directo: “Descubrí un nuevo oficio. O por lo menos Bruno descubrió en mí un nuevo oficio. Y se lo agradezco todos los días, porque no es chiste no tener otra nueva oportunidad para trabajar”. Hoy combina actuación, escritura y docencia.
“Entre el actor, el guionista y mi propia escuela de teatro encontré una manera más tranquila de vivir”.

Chiche, fiel a su estilo, le preguntó si alguna vez “se la creyó”, y Staltari fue honesto: “Un poco sí, más de pendejo, en la etapa de Okupas. Me duró poco, porque toda la semana me tenía que ir a dar quimioterapia. Eso te baja a tierra todo el tiempo”.
El cierre llegó apoyado en una idea que atraviesa toda la entrevista y condensa su manera de estar en el mundo. “Yo soy consciente siempre de que mañana me puedo quedar sin laburo y tengo que volver a ponerme una churrería. Y no tendría problema”, dijo, sin dramatismo ni nostalgia. Cuando la luz se apaga, Ariel vuelve al mismo lugar del que partió, convencido de que nada lo separa del resto: “Cualquier cosa digna para llevar el pan a casa está bien”.
Actualmente se presenta con su show "Agotados" en Paseo La Plaza, sala Picasso, todos los viernes a las 22:00 h. Las entradas están disponibles por Plateanet y, aunque el espectáculo tiene una estructura precisa, aclaró que el riesgo de salirse del guión siempre está latente.