La tensión entre el sindicalismo y el poder político alcanzó su punto máximo. La CGT llegará a su reunión de Consejo Directivo este viernes 6 de febrero en un clima de derrota y furia. Lo que debía ser una gira estratégica por el interior para frenar la reforma laboral de Javier Milei terminó en un fracaso rotundo: los gobernadores de Córdoba, Martín Llaryora, y de Santa Fe, Maximiliano Pullaro, les cerraron la puerta en la cara.
La bronca en la sede de la calle Azopardo es total. Los dirigentes esperaban gestos de los mandatarios provinciales, pero se encontraron con un silencio ensordecedor o cancelaciones de último momento por "problemas de agenda". En la cúpula cegetista la lectura es lineal: los gobernadores están negociando la caja con el Gobierno y no quieren aparecer en la foto con los gremios.

Ante este escenario, el ala dura encabezada por Pablo Moyano y Abel Furlán (UOM) ya no quiere esperar. Mientras los sectores más dialoguistas buscaban cambios en el texto de la ley con el asesor Santiago Caputo, el sector combativo presiona para anunciar una medida de fuerza nacional para la próxima semana, coincidiendo con el tratamiento en el Senado.
La situación legislativa también es crítica. Pese al optimismo de Patricia Bullrich, desde los sectores cercanos a la central obrera aseguran que el oficialismo "no tiene los votos" garantizados. Sin embargo, el temor de los sindicatos es que los gobernadores terminen cediendo ante la billetera de la Casa Rosada.
El conflicto no es solo hacia afuera. Una nueva alianza ultraopositora, que incluye a las dos CTA y gremios industriales como SMATA, ya empezó a movilizarse en Rosario y Córdoba sin esperar la venia de la cúpula de la CGT. Si el viernes no hay un anuncio concreto de paro, la fractura interna del sindicalismo podría ser irreversible frente a una reforma que califican como un "industricidio".
TM