El proceso judicial contra Marius Borg Høiby, hijo de la princesa heredera de Noruega, se convirtió en uno de los episodios más sensibles que ha atravesado la monarquía del país en décadas. Con 29 años, Høiby compareció esta semana por primera vez ante el tribunal en un juicio por violación y violencia doméstica que concentra una enorme atención pública y mediática.
Durante su testimonio, el acusado negó que los videos hallados en su teléfono muestren actos de violación y sostuvo que todo el material registrado fue consensuado. En medio de la audiencia, se quebró emocionalmente y aseguró que su vida estuvo marcada desde la infancia por la exposición pública tras el matrimonio de su madre, Mette-Marit, con el príncipe heredero Haakon en 2001.
“Pocos pueden entender la vida que he llevado”, expresó ante los jueces, al describir una juventud atravesada por fiestas, consumo de alcohol y una búsqueda constante de validación personal. Según dijo, crecer bajo la mirada permanente de la prensa lo empujó a conductas autodestructivas y a relaciones desordenadas.
La fiscalía presentó 38 cargos en total, entre ellos violación con acceso carnal, violación sin acceso carnal, violencia doméstica, agresión con agravantes, conducta imprudente y otros delitos menores. De ser hallado culpable del más grave, Høiby podría enfrentar varios años de prisión.

En el inicio del juicio, el acusado se declaró inocente de los delitos más severos, aunque reconoció responsabilidad parcial en algunos hechos, una figura admitida por la legislación noruega. También aceptó infracciones menores, como exceso de velocidad.
Uno de los puntos centrales del proceso es un video grabado en 2018, durante una fiesta realizada en el sótano de la residencia familiar del heredero al trono, en las afueras de Oslo. Para la acusación, las imágenes mostrarían a Høiby manteniendo relaciones sexuales con una mujer que se encontraba inconsciente y, por lo tanto, incapaz de consentir. El material fue exhibido al tribunal a puertas cerradas.
El imputado afirmó que el encuentro fue “completamente normal” y que nunca mantuvo relaciones con personas que no estuvieran conscientes. También negó haber difundido los videos y sostuvo que, de haber creído que se trataba de una agresión, jamás los habría conservado.
La mujer involucrada, cuya identidad permanece protegida, declaró que se enteró del presunto abuso cuando la policía la contactó tras hallar el video. Según su testimonio, no dio consentimiento para el acto sexual filmado. La fiscalía sostuvo que, en esas circunstancias, no estaba en condiciones de otorgarlo. El juicio está previsto que se extienda hasta el 19 de marzo, con nuevas declaraciones de testigos, peritos y especialistas forenses.
El caso estalló en un momento especialmente delicado para la monarquía noruega, una de las más valoradas de Europa por su perfil discreto y su cercanía con la sociedad. Aunque Marius Borg Høiby no tiene funciones oficiales ni forma parte de la línea de sucesión, su vínculo directo con la heredera lo convirtió en una figura inevitablemente asociada a la institución.
La situación judicial se suma al escrutinio público sobre Mette-Marit, quien en los últimos meses debió dar explicaciones por antiguos vínculos personales con el financista estadounidense Jeffrey Epstein. A esto se agregan los problemas de salud del rey Harald V, de 88 años, que redujo su agenda oficial tras una hospitalización y la implantación de un marcapasos, y las controversias protagonizadas por otros miembros de la familia.

Las consecuencias políticas tampoco tardaron en aparecer. Encuestas recientes muestran una caída en el apoyo ciudadano a la monarquía, con un aumento significativo de quienes se inclinan por un sistema republicano. Aunque la institución sigue contando con mayoría favorable, el desgaste es evidente.
Más allá del desenlace judicial, el proceso contra Høiby abrió un debate profundo en Noruega sobre privilegios, responsabilidad personal y el impacto de la exposición pública en los entornos familiares del poder. También puso a prueba la capacidad de la Casa Real para preservar su credibilidad en un contexto de cambios generacionales y mayor exigencia social de transparencia.
Mientras el tribunal avanza con las audiencias, el país observa con atención un caso que ya trascendió lo penal y se convirtió en una de las mayores crisis contemporáneas de la monarquía noruega.